Biblioteca·Reflexiones·Relatos de corto recorrido

Insólito jardín


Hace ya unos añitos escribí este brevísimo relato, en el que casualmente aparece un senderista de excursión por algunos pueblos. En uno de ellos se encuentra con un jardín muy curioso.

JARDÍN INSÓLITO

Otra vez la mochila a la espalda, los pulgares en el correaje, la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, en mitad de una calle de un pueblo cualquiera, el quinto de la ruta, primo hermano del anterior visitado.

         Al salir de la cafetería, aquella mañana de primeros de julio, decidió no hacer caso del folleto que le dieron en la oficina de turismo. Vagaría a su antojo cual senderista disidente e iría a donde la intuición y la cartera le llevasen.

         Subió a la torre de un castillo, mojó los pies en la orilla de un río, escaló tortuosas e inverosímiles callejuelas, sudó siglos de cal reluciente, hasta que acabó por fin a las puertas de lo que parecía ser un fresco y acogedor jardín.

         Entró, dispuesto a camuflarse en las sombras. El jardín estaba casi vacío, apenas diez personas desperdigadas, unos sentados y otros de pie. Observó dos cosas: primero, que el jardín estaba cuidado en exceso, hasta el más mínimo detalle, como tratando de imitar la perfección y pulcritud de una tarjeta postal; y segundo, la actitud indolente de los visitantes, como muy abstraídos y concentrados. ¿Era fruto del calor o influjo del jardín?

         El sol de Andalucía, que reverdece la memoria y doma caballos de espuma, pensó, para un segundo después, sobresaltarse y preguntarse sobre la extraña procedencia de ese pensamiento. Nunca había imaginado o pensado nada parecido, y ¿por qué?

         El senderista siguió paseando, atrapado por una luz irreal, envuelto en perfumes indescifrables.

         En los entrecruzados ramajes de los árboles reconoció, como la cosa más normal del mundo, reminiscencias geométricas de antiguos tapices. Aquello no le podía estar pasando a él. Más tarde, absorto en los troncos de dichos árboles, admitió que éstos no eran sino columnas devastadas de un efímero y antiguo palacio. La inquietud, tras pasar por una breve y lógica etapa de miedo, acabó transformándose en curiosidad. Una sensación de bienestar le ensanchaba el pecho. Al pasar junto a una fuente descubrió que el agua no brotaba si caminaba cabizbajo. Experimentó el hallazgo hasta cansarse y luego se dirigió a un banco apartado.

         Una, dos, tres horas. El tiempo latía con un pulso diferente en aquel jardín, pero sintió que se avecinaba la hora de salir, pues de lo contrario acabaría  alterando la siesta de las estatuas.

         Salió, con el alma recién salida de una sauna, cansado y lúcido a la vez. ¿Qué tipo de jardín era aquél? ¿Saldría anunciado en el folleto? En un cartel a medias tapado por una enredadera el senderista halló la solución. En él se leía, en letras góticas: “JARDIN TEMATICO DE LA POESIA“.

Un comentario sobre “Insólito jardín

  1. Se hace corto, demasiado corto. Espero que el próximo que permitas que vea la luz no sea tan tímido.

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