Historia, Folclore y Etnografía

Molino de San Francisco (Jimena de la Frontera), un lugar fantástico para caerse al agua


Molino de San Francisco

El molino de San Francisco es uno de los ocho molinos hidráulicos o maquileros que abastecían de harina a Jimena de la Frontera y alrededores hasta no hace mucho. El término “maquilero” proviene de una de las formas de pago con las que el dueño del trigo saldaba su deuda con el molinero: con dinero contante y sonante o con una cantidad determinada de trigo; este último tipo de transacción es la que se denominaba “maquila”.

De esos ocho molinos, cuatro estaban situados en el río Hozgarganta, dos en el Guadiaro, donde desemboca el anterior, y los dos restantes en sendos arroyo tributarios del hermoso río jimenato. El molino de San Francisco es uno de estos que ejecutaba su molienda en un arroyo tributario del Hozgarganta, en concreto en el arroyo del Cañuelo, que configura a su vez la Garganta de la Viña. El que mejor ha llegado a nuestros días es el molino el Rodete, ubicado en el margen derecho del Hozgarganta, que funcionó hasta el año 1964.

También, y aunque sin ninguna relación con la etnología, o tal vez sí, el molino de San Francisco ha sido testigo directo del  mayor carajazo acuático que he sufrido en una caminata. Una caída merecedora de ser detallada a continuación, pues si la curiosidad dicen que mató al gato, esta vez casi se lleva por delante a un pobre senderista.

Itinerario de la caminata pasada por agua

Río Hozgarganta

Mi intención ese domingo era explorar un poco la garganta de la Viña, por donde como ya he dicho discurre el arroyo del Cañuelo, además de reencontrarme de nuevo con el Hozgarganta, al que no regresaba desde hacía ya años. El término municipal de Jimena de la Frontera ofrece  muchas posibilidades a los que gusten del senderismo, tantas que podríamos tirarnos meses yendo todos los fines de semana a lugares distintos e interesantes.

Pues eso, y dejo de escribir ya como un guía turístico. Iba yo ese domingo más solo que la una, pero a gusto, para qué nos vamos a engañar; me encanta caminar sólo, pues es cuando más se asemeja uno a un animalillo libre y asilvestrado, pero que conste que intenté ir acompañado, pero nadie se apuntó. Además, este tipo de caminatas junto a un río son aconsejables de hacerlas si no ya en solitario sí al menos en silencio, para no perdernos los borboteos del agua y demás arpegios fluviales, que paradojicamente relajan de la misma forma que cuando miramos y oímos un fuego.

Río Hozgarganta

Y por si esto fuera poco, de trecho en trecho me paraba a observar cómo fluía el inacabable río de la Historia. En una de esas me transporté directamente a finales del siglo XVIII y vi, en la orilla opuesta, salir el humo de las chimeneas de la Real Fabrica de Artillería, mandada construir por Carlos III para fabricar las armas que nunca llegarían a reconquistar la plaza del Peñón de Gibraltar. El aire olía leña de chaparro, a azufre y a metal.

Como si se tratase de un molino harinero, la fuerza motriz que accionaba los fuelles que fundía el metal era también el agua; igualmente llevada a la factoría a través de un canal de 600 metros de longitud, y de 5 de profundidad en algunos tramos. Esta “Fábrica de bombas“, denominación con la que se le conoce hoy día era alimentada con el hierro de un yacimiento que se encontró en San Pablo de Buceite. Pocos años estaría en funcionamiento, para disgusto del rey Borbón. La mina de hierro no aportaba el mineral suficiente, y encima, el caudal del Hozgarganta no era constante, y en ocasiones el agua no les “llegaba a su molino”. Cuando se convencieron de esto último, los arquitectos lumbreras se darían de cabezazos contra el canal.

Canal o Cao de la Real Fábrica de Artillería

Un poco más adelante, y antes de internarme en la Garganta de la Viña, me llamó la atención el retumbar de unos cascos de caballo también en la otra orilla. Me oculté en la maleza, por si acaso. Los jinetes vestían una especie de túnica corta y a intervalos destellaban lo que parecían ser los restos de armaduras. Uno de ellos portaba un casco coronado con una cimera roja. No podían ser otros que el ciudadano romano Cneo Pompeyo hijo y sus leales escoltas celtíberos, que huía derrotado de la batalla de Munda a manos de Julio cesar al término de la segunda guerra civil. Su destino no estaba muy lejos: Carteia, en la actual Bahía de Algeciras, donde intentaría retomar la lucha.

La cabalgada pronto quedó enmudecida por un tronar de gargantas y alaridos ladera arriba. La cosa se estaba animando. De repente es 1431 y las huestes de Pedro García de Herrera, Mariscal de Castilla de Juan II, toman por asalto y previa escalada la fortaleza y el castillo nazarí.

Torre de homenaje del castillo de Jimena

Para llevar sólo una hora de caminata no me podía quejar. Fijé la vista en el río de verdad y me dejé de batallitas. El trayecto por el arroyo del Cañuelo hasta el molino de San Francisco es realmente bonito: frondoso, húmedo, algo salvaje. Por algunos sitios la vereda se encuentra empedrada, lo que nos dice que en su tiempo fue un camino muy transitado, sobre todo por las mulas que transportaban el grano de trigo a la molienda. También sé, pues he visto fotografías, que por los alrededores hay caleras y pequeños lagares tallados en la roca, no por nada estamos en la Garganta de la Viña. La próxima vez que vaya intentaré localizarlos.

Encontrarse con uno de estos viejos edificios en medio de ningún sitio creo yo que hace flipar a cualquiera. Es como, una vez más me atrapa el dichoso río de la Historia, viajar en el tiempo. Los molinos tienen además esa belleza añadida de haber sido en su momento una cosa bastante útil: ciencia y tradición popular juntas de la mano.

En comparación con los molinos que conozco, este de San Francisco ha conservado francamente bien su estructura. Lo que más sorprende quizás en su altura, que puede que sobrepase los 15 metros. Como se puede observar, es un molino de doble cubo, sistema hidráulico por el que caía el agua alcanzando la fuerza y presión necesarias para mover la maquinaria en sí del molino: rodezno, palahierro y piedras de moler. Por lo que se ve, sus compañeros del Hozgarganta no se servían de estos cubos, sino que gracias a un caudal más potente se bastaban con el agua que les llegaba directamente del canal.

Cubos del Molino

Poza Junto al molino

Otra característica que no había visto antes en un molino es esta alberca o balsa. Aquí se represaba el agua, y al abrirse una compuerta, se dirigían a los cubos.

Balsa o alberca donde se represaba el agua

Y a continuación lo que más me gustó ver ese día; parte del rodezno del  molino. El rodezno era una pieza fundamental, pues mediante un sistema de cucharas o paletas movidas con esa presión hidráulica que mencioné antes, se transmitía la fuerza a un eje, el palahierro, que a su vez hacía girar la piedra corredera (la móvil) sobre la solera (la Fija) y triturando el grano alojado entre ambas.

En resumen, lo que me encontré ese domingo en el molino de San Francisco podría quedar genial en una sala de cualquier museo etnológico, pero habrá que esperar digo yo que mil años más, y esperar que nos “civilizen” de nuevo otro imperio romano ¿no?… mundo este…

Piedras del molino y parte del rodezno

Así funcionaba un molino

Rodezno y piedras

Marca de la piedra: “Type la Ferté”

Bóvedas o Alivios por donde el agua regresaba al río

Por estas bóvedas, alivios o alcobas regresaba el agua al arroyo. Echen una poca de imaginación ¿no se asemejan estas bóvedas como a una especie de ojos? ¿Podríamos imaginar que son los ojos del molino? Ya les digo yo que sí, y que fueron los que me vieron caerme con todo el equipo… sí, equipo fotográfico también. Pensándolo bien, yo creo que fue la forma que tuvo el molino de cobrarse la entrada a su museo particular, el joío.

El caso es que antes de pagar este peaje había continuado el sendero al menos un kilómetro más arriba. Me di la vuelta por aquello del riesgo calculado. Si ya es totalmente desaconsejable salir al campo solo, y encima por un sector nuevo, más lo es adentrarse o caminar más de lo necesario. Siempre digo que cuando no se conoce un sitio, lo suyo es descubrirlo poco a poco, por fases. Quién me iba a decir que el “accidente” me esperaba cuando ya de vuelta bajé a la planta baja del molino y su poza.

Lugar exacto del chapuzón

¿Cómo fue la caída? pues como todas, de la forma más tonta posible. Como indico en la foto de arriba, me encontraba en ese estrecho canal por donde la poza se desagua arroyo abajo, haciendo fotos a las bóvedas de alivio del molino, ya saben, los ojos, entre nosotros. Hago unas cuantas, de pie y en cuclillas, y me retiro para coger perspectiva, y cuando vuelvo al mismo exacto lugar, y piso la misma exacta piedra de antes, la dichosa piedra me hace girar cual rodezno humano, pierdo totalmente el control y el equilibrio y en medio segundo me veo literalmente tumbado de espaldas en el agua; preguntándome en ese breve intervalo de tiempo cómo puedo ser tan gilipollas de caerme de esa manera; viendo a cámara lenta cómo el agua que sale salpicada cae sobre mi apreciada cámara Nikon. Horror. La verdad es que el agua estaba fresquita, pero la verdad, casi ni la note…

Haciendo ahora un poco de tragicomedia 🙂 recuerdo que en ese segundo que duró la caída pasaron ante mis ojos, a una velocidad vertiginosa, todas las caminatas que he hice hasta ese momento. ¿Y qué fue lo siguiente? Pues levantarme igual de rápido que me caí, acordarme de toda la corte celestial, y también, lo confieso, acordarme fugazmente de Bear Grylls, ese de los documentales de “El último superviviente“.

¿Qué hubiera hecho el máquina de Bear Grylls en mi lugar? Probablemente nada, jajaja, hubiera seguido río abajo como si tal cosa, puesto que aparte que de que el chaval la mayor parte del tiempo va empapado, como que tiene un equipo fotográfico al que no le afecta en nada… el agua.

A mi cámara sí que le afecta, Bear, por eso lo primero que hice fue ponerme a secarla como un loco, rezando para que no le hubiera entrado agua en el interior, rogando a … ¿hay algún santo que ampare a los senderistas?… quien sea para que mi compañera de caminatas no se me ahogara ahí esa mañana de domingo.

Tuve suerte, no le entró agua. Ese diocesillo del bosque se apiadó de mí esa mañana. La fotografía de abajo fue la primera que tomé tras el chapuzón. Si se fijan, encima de la torre hay curiosamente una estrella navideña. Otro mensaje: me estrellé pero tuve afortunadamente un poco de estrella.

Castillo de Jimena. ¡¡¡ funcionaaaaaa!!!

Acabo esta entrada del blog, esta caminata tragicómica, con un poco de vergüenza y pudor, de verdad. Abajo tienen una poca edificante imagen de mi ropa puesta a secar, como hacían antiguamente las lavanderas. Menos mal que siempre llevo camisa de respuesto y ropa de agua. Por suerte me pude cambiar y mantenerme seco. Eso sí, me llevé un buen recuerdo sangrante en la mano derecha, un codo algo hinchado y un moratón en la espalda, pero nada, gajes del oficio. Y por supuesto que mereció la pena, tanto que mañana día 14 de enero regreso al mismo sitio, pero eso sí, esta vez acompañado.

Un comentario sobre “Molino de San Francisco (Jimena de la Frontera), un lugar fantástico para caerse al agua

  1. Cuidate de ir solo por esos caminos, que “la primitiva” nunca le toca a uno,pero si hay que caerse y hacerse daño siempre pasa cuando uno está sin compañía.Espero que te recuperes pronto de tus heridas ,físicas y morales.
    Una cosa senderista, para el que no se entere ni de donde está, sería bueno indicar más o menos el modo de acceder a esa dcaminata.

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