Biblioteca·Reflexiones

El corazón de la piedra


  Hace un par de semanas, andando por la Laja de las Algas y la Silla del Papa, en Bolonia (Tarifa), Ana y yo realizamos un hallazgo trascendental, un hallazgo que obligará a los geólogos a replantearse los fundamentos de su ciencia, y que por contra revalorizará la de los poetas. Ante el dilema de publicar el descubrimiento en National Geographic o en Europa Sur, me he decidido al final a anunciarlo en mi blog dCaminata, lo que sin duda elevará el número de visitas y petará los servidores de WordPress (¡Chúpate esa Blogspot!).

Sí, señores geólogos y poetas, profesiones por otra parte muy similares, agarrénse a lo que tengan más a mano porque ahí va el descubrimiento… (redoble de tambores)… : Las piedras tienen sentimientos, las piedras también tienen corazón. ¿Que no? Juzguen ustedes mismos.

¿Pequeño? Vale ¿Escondido? Puede ser. Pero no me dirán que no tiene su mérito. Miles y miles de años latiendo piedra arenisca adentro, luchando  para salir al exterior. Y con la única ayuda del viento y la lluvia, que supongo harán la función del riego sanguíneo, para ir erosionando latido a latido esos minúsculos granos de cuarzo que no lo dejaban respirar. La evidencia no deja lugar a dudas: es un corazón con todas sus consecuencias. No le busquen más vueltas, y tampoco le busquen el rabito, señores de Apple, que están muy empalagosos; no es una manzana.

Lo único que lamento añadir es que se equivocaba Rubén Darío, el príncipe de las letras castellanas, ese gran geólogo de la poesía modernista, cuando escribió aquello de:

“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente…”

Son los dos primeros versos del poema “Lo fatal”, el cual transcribo entero a continuación:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

Ya, ya sé que es un poema duro y frío como la piedra, pero es que al pobre mío no le sonreía mucho la vida cuando lo escribió. Me atrevo a pensar que a Rubén Darío le hubiera gustado ver esta fotografía del corazón de la piedra, de este capricho de la erosión que parece mandarnos un mensaje, pues ¿cómo unos árboles, apenas sensitivos, “parecen” nacer de la piedra dura que ya no siente?

3 comentarios sobre “El corazón de la piedra

  1. Amigo,
    Mejor se te da el verbo que la vara,
    Que me “tiene amedrantá” con el bastón
    Cada vez que “señala” un mojón

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