Relatos de corto recorrido

HISTORIA DE UN ESPEJO. (Relatos de corto recorrido, 2)


       En esta ocasión, pido perdón, no habrá fotos. Es momento de alimentar esta nueva sección del blog que he dado en llamar RELATOS DE CORTO RECORRIDO. Aquí iré incluyendo pequeñas historias, relatos cortos en realidad, relacionados de alguna manera con los caminos y campos que frecuento.

        Este segundo relato de corto recorrido, HISTORIA DE UN ESPEJO,  está inspirado en una historia que me contaba mi abuela Manuela, pero claro, yo la adorno y casi reinvento. Trata sobre el curioso cruce de vidas entre unos pequeños rufianes napolitanos y un matrimonio joven de carboneros del Valle de Ojén. Lo escribí hará unos 10 años, e intento darle un enfoque y estructura como de comic. En fin, espero que no os disguste.

           En este enlace puedes acceder al documento en formato word: Historia de un espejo

     Pero por aquello del horror vacui, también lo transcribo a continuación:

HISTORIA DE UN ESPEJO

La madrugada del 18 de marzo de 1933, los italianos Lorenzo Grimaldi y Vitorio Pinazzi caminaban hacia el extremo del muelle de la Bland Lines, en donde les esperaba un hidroavión modelo Saunders-Roe Windover. Llegaron a Gibraltar un mes antes, procedentes de Nápoles. Lorenzo, expulsado de la Escuela de Aviación por indisciplina reiterada; Vittorio, hastiado de la mediocridad de los bajos fondos napolitanos, ansioso por ascender al estatus que otorgan la pitillera de plata y el traje de alpaca.

 – Vamos Vittorio, no te retrases. No comprendo por qué siempre caminas detrás de mí.

– Así me cubro la delantera, Lorenzo. No te enfades. Además, el avión no puede despegar sin nosotros- dijo Vittorio, tirando al suelo una colilla consumida hasta las uñas.

         El aspecto de ambos era similar al de cualquier trabajador de los astilleros, pero debajo del mono grasiento y de la gorra descolorida se ocultaban los cuerpos de dos individuos con problemas. Apenas les alcanzaría el dinero para una semana más, y comer, para ellos, era secundario; acostumbrados a comer poco, ligero y mal, pero lo que era impensable e inadmisible que ocurriese, era el quedarse sin cuartos para tabaco y cervezas en las tabernas de la Main Street. La solución a esta penuria, a esta mala vida aceptada por incompatibilidades con la normal, tenía alas y motor. Si no ocurría ningún imprevisto la suerte de ambos ascendería hasta el cielo abierto, dejando en tierra los aprietos y un lastre de míseras monedas.

         El hidroavión les causó una primera impresión favorable. Tenía buen aspecto, salvando algo de corrosión en el encastre de las alas. Lorenzo no había pilotado un hidroavión en su vida, pero imaginó que poca diferencia habría con un avión convencional. Su carácter optimista y osado supliría la falta de experiencia. Vittorio confiaba en él, y además, sólo era un avión. El mismo optimismo que les hermanaba, en su caso a veces se tornaba inconsciencia. En ningún momento se le pasó por la cabeza que la operación pudiera salir mal.

– ¿Te quedan cigarros, Lorenzo?

– Sólo tres, y será mejor que los guardemos para más tarde- le contestó éste en un tono neutro, mecánico. Su atención iba dirigida al mar, a la aún inmóvil y somnolienta bahía.

– Pero es ahora cuando necesito un cigarro, no más tarde- insistió Vittorio, tirándole de la manga del mono.

– Pues te aguantas.

         Faltaban cinco minutos para que llegara la barca con el cargamento. Lorenzo se impacientaba al mismo ritmo que se encendían las primeras luces de la ciudad. El sol naciente ascendía poco a poco por la ladera opuesta del Peñón y ya recortaba su arriscada silueta. En teoría, la noche anterior se ultimaron todos los detalles. El cabecilla de la operación era un genovés nacido en Gibraltar, con modales británicos y la apariencia de un andaluz acomodado. A Lorenzo y Vittorio les resultó cómico el italiano que hablaba, un italiano recién sacado del baúl de los bisabuelos, arrugado y con un regusto a alcanfor. Más que hablar, leía en sus recuerdos.

Todo estaba arreglado y no había por qué preocuparse. “¿El hidroavión? Nada, unas deudas con un colega tangerino”. Y que no, que nadie les negaría la entrada al muelle, “el dinero es la mejor llave maestra y no hay mordaza que lo iguale”. El único inconveniente fue que no quiso desvelar el tipo de carga que iban a transportar. No le dieron excesiva importancia, al fin y al cabo el trabajo de ellos consistía en llevarla hasta Sevilla, en donde les pagarían la otra mitad del dinero pactado.

– Bien, ahí vienen, Vittorio, ¡nuestro dinero!- exclamó Lorenzo al ver cómo se acercaba una embarcación a remos.

En pocos minutos ésta recorrió los escasos doscientos metros que separaban el puerto de la boca del muelle. El azul plomizo de la noche se diluía gradualmente. Era hora de despegar. El peñón no contendría por mucho más tiempo la imparable escalada del sol. Muy pronto su luz se derramaría ladera abajo inundando la bahía y entonces las sombras de Lorenzo y Vittorio no valdrían ni una libra esterlina cada una.

Los secuaces del genovés actuaron con celeridad. Vestían como dos pobres marineros. Uno de ellos abrió el candado oxidado que encadenaba al hidroplano, y el otro, ayudado por Vittorio, metió en el compartimento de carga doce cajas de madera con remaches metálicos.

Lorenzo ya esperaba a los mandos, tenso, con una expresión triunfante en la mirada. Al parecer, había perdido el miedo a ser descubierto, pues, de buenas a primeras, le gritó a Vittorio que montase, que montase, y reía, y continuó gritando que de Sevilla volarían a América. Los portadores de las boinas saltaron a la barca, asustados. El italiano se había vuelto loco. “A la América, Vittorio, a la América”. Lorenzo encendió el motor y acto seguido un cigarro para celebrarlo. Vittorio, para hacer realidad ese sueño, le gritó estúpido, que aún les tenían que dar el dinero, y esto fue lo que le dijo a los de las boinas, en castellano, “dinero, dinero”, contagiado de la alegría de su amigo, acentuando la sagrada palabra uniendo a la maniera italiana los diez dedos de las manos. Uno de ellos le entregó a Vittorio un sobre abultado y le recriminó la falta de profesionalidad, y que no le cupiera duda de que iba a dar parte al genovés. ¿A qué tanto miedo, si en cien metros a la redonda sólo estaban ellos y los peces? Subió al hidroplano y Lorenzo le dio a fumar la mitad de su pitillo.

El pequeño Saunders, trazando una curva cerrada, se separó del muelle y salió a mar abierto. En ese instante ya eran visibles la ciudad de Algeciras y sus montes. El sol coronaba la cima de la Roca. Cuando el hidroavión alcanzó la velocidad adecuada se levantó de la superficie prendido de espuma, hambriento de aire, como un albatros que sale de caza.

                                              ***

– Manuela, habrá que encender el fuego. Está amaneciendo.

– Sí, Juan, ya me levanto- contestó Manuela aún del otro lado, incorporando a su cuerpo las primeras sensaciones del día; la luz intuida a través de los párpados, la respiración cadenciosa de Juan, la tibieza del colchón de lana…

         La habitación en la que despertaron Manuela y Juan tenía forma rectangular, y sólo una ventana diminuta, por la que se colaba una columna de luz que iluminaba casualmente una palangana de latón. Su altura podía medirse con un bostezo de Juan. Si éste se desperezaba sus dedos alcanzaban el vértice del techo a dos aguas, construido con ramas de quejigo y brezos. Las dimensiones de la habitación las imponía en realidad el mobiliario, que no era otro que una cama, un bául de madera, la pieza más fina y lujosa del ajuar de Manuela, y una silla.

         La estrechez y carestía de la habitación, llamémosle ya chozo, eran compensadas con creces si se echaba un vistazo a través de los ventanucos: chaparros retorcidos, quejigos imponentes, y un omnipresente manto de helechos. Un poco más abajo discurría el arroyo del Tiradero, a veces manso y otras fogoso.

        Este arroyo fue motivo de discusión entre ellos pocos días antes, por la triste razón de que era el único lugar donde podía acudir Manuela para verse reflejada. El espejo de mano en el que se peinaba normalmente, hacía ya dos semanas que eran meros cristales rotos recompuestos por Juan con muy buena intención pero con escasa funcionalidad. Desde que se casaron, dos años atrás, pocas veces volvieron a verse de cuerpo entero en ningún espejo. Juan le prometió uno nuevo pero le pidió paciencia. El carbón picó les aportaba sólo lo imprescindible para vivir y la compra de un buen espejo significaba robarle horas al día.

– Venga, mujer, que nos coge el sol aquí en la cama- dijo Juan, remolón, zarandeándola por la cadera.

– Pues que nos coja, hoy es sábado.

– Los sábados también se come, reina. ¿O es que quieres subir al monte por mí?

         No, no quería subir al monte, sólo deseaba estar un ratito más en la cama, estirando esa modorra que sigue al despertar, como le había gustado hacer desde que era una niña. Juan le consintió cinco minutos, tiempo que dedicó a acariciarle la espalda con sus manos fuertes y rugosas. Nunca dejaba de sorprenderse al ver el contraste que hacían éstas con la piel blanca y tersa de su mujer. Allí, en su espalda, recobraban la humanidad que perdían cuando trabajaban.

Manuela se dio la vuelta y encaró las caricias de su marido. Aún mantenía los ojos cerrados.

      Sus manos eran las manos de un carbonero, y de tanto tratar con el negro elemento, habían adquirido algunas de sus propiedades, además de una cierta y curiosa semejanza; su piel estaba cuarteada por finísimas grietas en las que se incrustaba el hollín. Ni el agua del arroyo, la más pura, era capaz de eliminarlo. Juan no le daba importancia, era algo natural. Al contrario, se sentía orgulloso de ellas, pues talaban árboles, cortaban ramas, prendían fuego; transmutaban la vida del bosque en calor para las personas.

         Manuela, después de abrir los ojos y de responder a las caricias con caricias, transcurridos cinco minutos de jadeos y achuchones, dio muestras de que aquello era cierto. Era otra forma de obtener carbón.

       De repente, una repentina explosión les hizo separarse y mirar instintivamente hacia el ventanuco. Se levantaron de la cama acelerados por el temor a que se repitiera, pero no se volvió a producir otra detonación. Ninguno de los dos sospechaba cuál podría haber sido la causa, pero sabían que se trataba de algo fuera de lo normal. La explosión se produjo segundos después de que ambos hubieran alcanzado el orgasmo, pero no oyeron ruido alguno que les alertara previamente. Juan se puso  los pantalones y alpargatas a toda prisa y salió disparado.

      Una fina y oscura columna de humo tras una loma le indicó el camino a seguir. Cuando estuvo a cien metros de la humareda, y jadeando por segunda vez desde que se despertara, la incredulidad se adueñó de su rostro. Una extraña avioneta, envuelta en llamas, yacía en lo alto de la colina como una enorme cigarra accidentada. Juan corrió hacia ella para socorrer a los pilotos, pero no hizo falta. Aún tuvo tiempo de ver, en la pelada ladera opuesta, a dos hombres huyendo del siniestro. Uno de ellos cojeaba mientras el otro lo sostenía por la cintura. “Eh, vosotros”, les gritó Juan. Los accidentados tripulantes miraron hacia atrás, sorprendidos de que alguien en aquel lugar hubiera acudido con tanta rapidez, pero siguieron adelante con más ahínco. Poco después desaparecieron tragados por la arboleda.

       Al mirar al suelo su incredulidad se vio renovada. Se agachó, y sus perplejos dedos cogieron un botón de nácar. Había cientos, miles de botones de nácar esparcidos alrededor de la avioneta. En algunos sitios incluso se podían coger a manos llenas. En ese momento llegó Manuela, jadeante también, con los ojos llenos de preguntas. No había tiempo para responderlas. Manuela se quitó el delantal, lo extendió en el suelo y poco a poco lo fueron cubriendo de la increíble cosecha caída del cielo.

      Cada botón de nácar significaba una futura mirada en el futuro espejo de cuerpo entero que iban a poseer. Manuela podría peinar cómodamente su largo cabello castaño, y Juan… Juan se alegraba de que al menos por algún tiempo algo blanco y brillante  le aliviaría las escaseces del negro y trabajoso picó.

¡CHISTERA CHISTERA, EL CUENTO (esta vez sí) ESTÁ FUERA!

Biblioteca·Reflexiones·Relatos de corto recorrido

Insólito jardín


Hace ya unos añitos escribí este brevísimo relato, en el que casualmente aparece un senderista de excursión por algunos pueblos. En uno de ellos se encuentra con un jardín muy curioso.

JARDÍN INSÓLITO

Otra vez la mochila a la espalda, los pulgares en el correaje, la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, en mitad de una calle de un pueblo cualquiera, el quinto de la ruta, primo hermano del anterior visitado.

         Al salir de la cafetería, aquella mañana de primeros de julio, decidió no hacer caso del folleto que le dieron en la oficina de turismo. Vagaría a su antojo cual senderista disidente e iría a donde la intuición y la cartera le llevasen.

         Subió a la torre de un castillo, mojó los pies en la orilla de un río, escaló tortuosas e inverosímiles callejuelas, sudó siglos de cal reluciente, hasta que acabó por fin a las puertas de lo que parecía ser un fresco y acogedor jardín.

         Entró, dispuesto a camuflarse en las sombras. El jardín estaba casi vacío, apenas diez personas desperdigadas, unos sentados y otros de pie. Observó dos cosas: primero, que el jardín estaba cuidado en exceso, hasta el más mínimo detalle, como tratando de imitar la perfección y pulcritud de una tarjeta postal; y segundo, la actitud indolente de los visitantes, como muy abstraídos y concentrados. ¿Era fruto del calor o influjo del jardín?

         El sol de Andalucía, que reverdece la memoria y doma caballos de espuma, pensó, para un segundo después, sobresaltarse y preguntarse sobre la extraña procedencia de ese pensamiento. Nunca había imaginado o pensado nada parecido, y ¿por qué?

         El senderista siguió paseando, atrapado por una luz irreal, envuelto en perfumes indescifrables.

         En los entrecruzados ramajes de los árboles reconoció, como la cosa más normal del mundo, reminiscencias geométricas de antiguos tapices. Aquello no le podía estar pasando a él. Más tarde, absorto en los troncos de dichos árboles, admitió que éstos no eran sino columnas devastadas de un efímero y antiguo palacio. La inquietud, tras pasar por una breve y lógica etapa de miedo, acabó transformándose en curiosidad. Una sensación de bienestar le ensanchaba el pecho. Al pasar junto a una fuente descubrió que el agua no brotaba si caminaba cabizbajo. Experimentó el hallazgo hasta cansarse y luego se dirigió a un banco apartado.

         Una, dos, tres horas. El tiempo latía con un pulso diferente en aquel jardín, pero sintió que se avecinaba la hora de salir, pues de lo contrario acabaría  alterando la siesta de las estatuas.

         Salió, con el alma recién salida de una sauna, cansado y lúcido a la vez. ¿Qué tipo de jardín era aquél? ¿Saldría anunciado en el folleto? En un cartel a medias tapado por una enredadera el senderista halló la solución. En él se leía, en letras góticas: “JARDIN TEMATICO DE LA POESIA“.