Biblioteca · Historia, Folclore y Etnografía

Nuevos hallazgos en los caminos de los prisioneros de Punta Carnero


    Ultimamente estoy teniendo una suerte sorprendente en las caminatas, sobre todo en las caminatas en que Naturaleza e Historia se dan codazos por imponerse, en esas caminatas que quieren ser el objetivo principal de este blog. O será que el que siembra recoge. Menos mal, pues en lo laboral se me quemaron los campos no hace mucho. Y yo he sembrado, correteado y andado todo lo que he podido; desde chico tragándome todos los documentales de la dos, admirando las aventuras de Félix Rodríguez de la Fuente, Jacques Cocteau o los montañistas de Al filo de los imposible. Más tarde, e impulsado por las charlas con mis padres y abuelos, mucha lectura sobre nuestra guerra civil y sobre todo acerca de la historia del anarcosindicalismo español.

    Esas semillas se han transformado en flor, y qué mejor que ahora, que la primavera se nos ha caído encima. Si la primera flor en brotar fue el “hallazgo” de  la inscripción conmemorativa – franquista del puente del Arroyo del Lobo, ésta que trato de mostrar hoy guarda también relación con esa época y ese contexto histórico, pero es una flor más complicada de contemplar y aceptar en todos los sentidos, con un aspecto más rudo e punzante, y de color ferroso.

   El hallazgo tuvo lugar hace un par de semanas, cuando junto a Garry (Andar por el Campo de Gibraltar) y un par de compañeras, Susana y Carmen, inauguramos la ruta que nos hemos currado entre los dos para enseñar lo que creemos más interesante y bonito de Punta Carnero y los montes de Getares.

   Nos dirigiamos a ver el pozo que muestro en la primera fotografía. Al llegar observé que la zona no estaba como la última vez que pasé por allí, nuevamente quizá a acausa de unas obras de desbroce y limpieza. A unos metros del pozo, la laja que muestro en la fotografía de abajo me llamó la atención.

   Como si se tratara de un derrumbe había bloques de piedra de muy diferentes tamaños esparcidos por bastantes metros alrededor. Apenas tardamos unos segundos en descubrir y comprender frente a qué estábamos. Aquello no era un derrumbe natural. Acto seguido me acordé de una conversación que tuve con Manuel, un  viejo pastor de vacas con el que casi siempre, y afortunadamente, tropiezo cada vez que me pateo esos montes. Una mañana, hablando de los prisioneros y de los caminos que construyeron, le pregunté si las piedras que tapizan esos caminos las sacaban de unas canteras que hay próximas a Getares. No, hombre, no, me contestó apiadándose de mi pobre pensamiento lógico-deductivo: las piedras las sacaban de las lajas que tenían más cerca del tajo y de los caminos, para qué las iban a traer de tan lejos.

     Ese día, la lección teórica de Manuel, un hombre cuya vida y cultura popular de por sí se merecerían todo un blog aparte para él solo, tuvo su aplicación práctica. Nos hallábamos frente a una de esas lajas que servían de cantera a los prisioneros de los Batallones Disciplinarios de soldados trabajadores que por el módico precio de practicamente nada al día trabajaban para la gloria del caudillo y para redimirse del pecado de ser rojos, rojos como la sangre con la que sembrarían esos caminos, y rojos como las amapolas que nacerían luego en el mismo lugar donde muchos de ellos dieron su último aliento.

     Estos prisioneros de los Batallones Disciplinarios, la mayoría de ellos soldados del recientemente derrotado ejército republicano, construyeron cientos de obras civiles y privadas a lo largo de toda España. En el sur de nuestra provincia fueron responsables de hacer realidad el Plan defensivo del Campo de Gibraltar, con el que se fortificó toda la costa desde Conil hasta el río Guadiaro. Las obras duraron de 1939 a 1943 y se levantaron un total de 324 forticicaciones militares, además de la reparación y construcción de carreteras y senderos para la movilización del ejército y los materiales. ¿Y con qué finalidad? Con la de defenderse de un posible ataque de las fuerzas Aliadas provenientes de Gibraltar, con toda seguridad.

     En el mapa de abajo muestro las principales pistas que recorren Punta Carnero, un balcón sobre el Estrecho de Gibraltar erizado de nidos, fortines, almacenes, reflectores, cañoneras, pistas….

     Y ya no me enrrollo más, pero es que hay asuntos que necesitan una poca de introducción. Este es el hallazgo (redoble de tambores): Un PUNTERO, un cincel cónico con el que trabajaría uno de estos prisioneros. Sé que no es gran cosa, pero por todo lo dicho anteriormente, lo considero un hallazgo importante desde el punto de vista personal y sentimental. Además, tengamos en cuenta que pocos eran los efectos personales que poseían estas pobres personas, y sospecho que escasos cualquier otro resto de esa época, sea del tipo que sea, que haya podido perdurar hasta nuestros días y que guarde alguna relación con esta obra.

    En esta fotografía se puede apreciar con más detalle el puntero. Mide 13 centímetros, e imagino que poco más mediría en su estado original; tal vez 17 ó 18 centímetros. Obviamente no puedo asegurar su cronología y procedencia. Me es imposible hacerle la prueba del carbono 14, tampoco la del 36 ni la del 75, pero vamos, un objeto punzante hallado en una cantera que se encuentra al borde de un camino hecho por los Batallones Disciplinarios … : Blanco y en botella.

   

    Lo fuerte es que estuvimos poco tiempo en el lugar, apenas 10 minutos. Cuando lo ví lo primero que pensé es que era un clavo, pero no, una vez que lo tuve en mi mano no tuve ninguna duda. He trabajado lo mío en la construcción y conozco estas herramientas, aunque es cierto que los cinceles y punteros actuales son un poquito más gruesos; por esto mismo también sospecho que ha llegado a mis manos porque al prisionero en cuestión se le extraviaría, pues suelen ser las herramientas con más tendencia a perderse y camuflarse entre la arena, el cemento o las piedras.

   La verdad es que me emocionó bastante el hallazgo. Y más que me emocioné cuando el Garry va y saca el movil y de repente pone una canción ¿Cual? Ninguna otra podía pegar más en ese momento, al menos para mí, que ¡A LAS BARRICADAS! el himno del sindicato anarquista CNT. Puños en alto, con puntero y móvil incluido, nos cantamos los primeros compases del tema en un espontáneo, pero divertido y sincero  homenaje a los hombres que penaron en ese camino. Ideologías aparte es una canción hermosa que merece la pena escucharla. Aquí os pongo el enlace de la versión que se grabó para celebrar el Centenario: ¡A LAS BARRICADAS!

    Bien, todo lo largado hasta ahora ocurrió hace un par de semanas. No se me levanten todavía ni me desenchufen, que empieza ahora la 2ª PARTE ¿Es cierto el dicho ese que segundas partes nunca fueron mejores? Yo tengo mis dudas. Así que arrellánense bien en el sillón, y cojan unas cervezas y unas patatas, que van a apagarse las luces…

    Ayer mismo regresé a la zona para seguir explorando esta cantera y especialmente para visitar otra que días antes había localizado mientras circulaba por la carretera del Faro. Fue fácil distinguirla, ya que forma una mancha pedregosa en medio del verde de la ladera. Además, no se me escapó porque ya iba con el guión aprendido: está situada escasos metros más arriba de otro tramo de este camino de los prisioneros.

   Entre una cantera y otra media una distancia de 2 kilómetros. Muy poca cosa, pero ¡qué satisfacción produce el saber que por uno de esos dos humildes kilómetros no has puesto el pie en la vida! Es cierto, aunque visualizados desde arriba, buena parte de esos montes aún no la había dCaminado.

    En ese trayecto hallé dos nuevas canteras que no tenía localizadas, y una especie de cobacha o descansadero tal vez levantado por los mismos prisioneros para estancias esporádicas, o para defenderse de las inclemencias metereológicas. Ya digo que en realidad son afloramientos rocosos, lajas de donde extraían la piedra. La verdad es que es un paisaje muy bello, moteado de jérguenes que revientan de amarillo, palmitos y acebuches entre otras especies arbustivas; un paisaje muy poco visitado, el cual prácticamente sólo disfrutan vacas y cabras.

    

    En las cuatro canteras que exploré ese día se repite la misma imagen, bloques grandes de piedras arrancadas de la laja, que luego son picadas en varios tajos o lugares de trabajo, compuestos seguramente por más de un prisionero. No cuesta verlos porque forman notables acumulaciones de piedra menuda. Es imposible no crearse la imagen de uno o varios de estos ex-combatientes trabajando con los cinceles y martillos, ataviados con el uniforme que ellos mismos se pagaban y con el gorro cónico que al parecer les distinguía y señalaba.

     Se podrán imaginar a este Homo bloguerus senderiensis subsp. gaditanus explorando cada rincón de estos yacimientos, sin prisa, pero con esa urgencia y temor de que no se me escapara nada. Y me podrán imaginar también párandome de repente, alterándome hasta el borde del infarto y hablando solo; pues en efecto, tengo de nuevo la tremenda suerte de encontrar restos oxidados de estas herramientas, en concreto dos puntas de cincel y la cabeza de uno de ellos. En las fotografías que les muestro a continuación están en su situación original, aún no los había tocado.

    Como se observa, las piezas estaban en uno de los pliegues de la laja, casi escondidas, como si las hubieran colocado allí para tal vez luego recuperarlas de algún modo. Pero lo fascinante, al menos para mí, es pensar que quizás esos trozos de herramientas llevan oxidándose en el mismo sitio ¡70 años!

    Esta fue la secuencia del hallazgo, en tres planos en profundidad:

Y por último en la mano, para que se aprecie el tamaño:

    He de confesar que que sentí una especie de pudor o duda de arrancar esas piezas de su estado original, de saber si estaba obrando bien o mal. Aún no lo tengo claro, pero pienso también que no es un descubrimiento que necesite la mano de un profesional para su recuperación. Dudo además de que alguien cualificado se desplaze a este lugar para hacer una prospección adecuada, habiendo yacimientos de mucha mayor importancia en los que aún no se ha realizado estudio alguno. De todos modos, vuelvo a repetir que todas las piezas están fotografiadas tal como estaban, y que recuerdo perfectamente el lugar exacto donse se hallaban.

    Tampoco creo que tengan que estar en un destino mejor que no sea, bien expuestas eso sí, la estantería de mi casa; aunque estoy abierto a otras sugerencias. Lo único que se me ocurre ahora es que tal vez hubieran quedadado bien en la exposición itinerante que realizó José Manuel Algarbani , historiador e investigador a quien tengo el gusto de conocer,y el Ateneo Republicano del Campo de Gibraltar, sobre estos mismos caminos de los prisioneros. Os pongo un enlace de las numerosas noticias que en su momento trataron este acontecimiento: Inaugurada la exposición “Los Caminos de los Prisioneros”

    Una vez recuperado de la emoción y la sorpresa me dirigí a la última cantera, a la que había visto desde la carretera. Allí, después de dar buena cuenta del bocata de mortadela, sometí al yacimiento a una metículosa exploración tipo C.S.I.

     De nuevo encontré evidencias que en mi parecer demuestran que toda esa cornisa fue aprovechada para la extración de piedra. Unas cuantas y deterioradas suelas de caucho, con toda probabilidad de botas militares; numerosos bloques de rocas atravesados de parte a parte por perfectos boquetes, digo yo que efectuados por barrenas y en los que se introducirían dinamita para facilitar la extracción; y de nuevo una pieza cuadrada de hierro a la que soy incapaz de otorgarle una procedencia ¿Martillo? ¿Tornillo?

    No quisiera terminar esta entrada sin haber escrito algo sobre mi tío Juan Cote, que allá por los años 60 trabajó también en las carreteras picando piedra. A él acudí para mostrarle mis hallazgos y para que me hablara de su experiencia. Aunque la condición laboral de mi tío fue por supuesto distinta a la de estos prisioneros, nos podemos imaginar que los métodos de construcción no habían variado en demasía. Sólo indicar que no conozco una persona que haya trabajado tanto en su vida, en concreto de albañil, y me repitió unas cuantas veces, con uno de los punteros en la mano, que no había trabajo tan duro como ese de picar piedra.

    Oriundo de Zahara de los Atunes, sería por sus alrededores donde mi tío Juan Cote se ganaría el jornal de tan esforzada manera. Personalmente, él no llegó a utilizar martillos y cinceles para partir y picar las piedras de arenisca y la jabaluna. Utilizaban al parecer otra herramienta que él denomina porrino, consistente en un mango largo y flexible hecho de una rama de acebuche, y en un extremo la cabeza de hierro de la maza. Gracias a la flexibilidad de la vara de acebuche se conseguía por lo visto la fuerza necesaria para dañar la piedra.

    Como las heridas en pies y espinillas eran frecuentes, me contó de qué forma tan ingeniosa se las protegían. Utilizaban la corteza, dura y gruesa, de las pitas a modo de espinillera, sujetadas con cinta o cuerda. Quién sabe si nuestros pobres prisioneros llegarían a utilizar esta curiosa protección. Poco más me contó, salvo que una vez “desmenuzada” la piedra se transportaba en espuertas al tajo, se allanaba, y luego se le pasaba un rodillo, es decir, una apisonadora. Simple, repetitivo, demoledor.

     Por último, acabo la entrada con alguien también de la familia, con mi abuelo Diego, que bien pudiera resumir la odisea y diáspora que vivieron estos combatientes. Al ser conductor, o chofer – mecánico, como a él le gustaba aclarar, tuvo en la guerra la mala suerte de asistir a varios frentes de batalla. El peor de todos según Diego fue el del Ebro, y resumiendo, que si no nos dan aquí las uvas, estuvo en Argeles- sur mer, uno de los campos de refugiados ¡de concentración!, en los que las autoridades francesas tuvieron la amabilidad de acomodar a los soldados republicanos. Mi abuelo no guardaba muy buen recuerdo de los soldados senegaleses, de sus culatazos, del frío y del hambre. Luego pasó a Orán, Argelia, y cuando pensó, mal aconsejado por un familiar, que podía regresar a España, lo trincaron y penó también de forma similar a  estos presos, pero en Ceuta.

    Esta entrada se la dedico a él y a todos los hombres que como él lucharon por su vida y por conseguir un mundo mejor.

    Como es difícil de leer la nota escrita de la fotografía, la transcribo a continuación:

    ” Con el trabajo, el pan y la Justicia de la Patria, poco a poco van los prisioneros reconstruyendo lo que ellos mismo deshicieron antes con la dinamita”

    En fin, ¿qué decir sobre la fracesita sin quedar muy soez o perder los papeles, salvo que…

  ¡VIVAN LOS SOLDADOS  DE LOS BATALLONES DISCIPLINARIOS!

Y para SABER MÁS:

Caminatas · P.N. Los Alcornocales

Quedada intercomarcal en Sierra Momia


      Así, de sopetón, el título de la entrada puede resultar extraño y rebuscado; sin embargo pienso que no lo es tanto, que es descriptivo. Quedada, y no “encuentro”, por ejemplo, que suena como más serio y oficial, porque fue una reunión que nos salió casi sin querer queriendo. ¿Y de quiénes? Pues de unos picaos del campo, más que aficionados a los caminos y senderos, y al menos la mitad, encima intrépidos blogueros. De izquierda a derecha: Miguel Angel, José Manuel Amarillo (blog NSyG), José Manuel Oneto ( blog dRuta), Luis Trexok, Paco Vera ( blog ch´usay), Juan Moncayo, Juan Luis Parodi, y yo.

     Intercomarcal, pues fuimos una buena representación de la provincia de Cádiz; tanto de las dos bahías como de Jerez. Sólo nos faltó alguien de la sierra. Personalmente sólo conocía a José manuel Oneto, y sólo de habernos encontrado una vez “por esos caminos”, aunque mantenemos contacto habitual en nuestros respectivos blog. Es gracioso, pero a algunos de los demás también los conocía pero como el que dice “de vista”, de verlos por la calle, por esa sinuosa y virtual calle que es Internet. Como se podrán imaginar, y al compartir la misma pasión por la naturaleza, la conversación fue muy natural y amena. Le dimos un buen repaso al panorama senderista gaditano. Muy buena gente todos.

     ¿Y dónde queda eso de Sierra Momia, con ese nombre tan egipcio y sugerente? Aquí al lado, y nunca mejor dicho, pues queda más o menos equidistante de las dos Bahías y Jerez. Sierra Momia se encuentra al este de Benalup – Casas Viejas, entre los embalse de Barbate y Celemín. ¿Y de dónde viene eso de Momia? Quieto parao; unas cuantas fotografías más abajo te lo digo.

A la mañana le costó separarse de la madrugada este sábado 3 de marzo. Sobre todo a causa de la niebla que se espesaba alrededor de los embalses de Barbate y del Celemín, y que nos acompañaría en los primeros pasos de la caminata. Las telarañas en los arcenes de la carretera, prendidas de humedad, parecían contribuir a que la niebla no levantara el vuelo.

Intentando darle esquinazo nos adentramos por la Garganta del Cuerno, siguiendo el itinerario marcado por José Manuel Amarillo, Paco vera y Juan Luis Parody, que ya se habían pateado el entorno en anteriores ocasiones. Y el resto, a verlas venir por primera vez, y a disfrutar. El arroyuelo que baja por la garganta es de aguas herrumbrosas. El color rojizo que observas se debe al oxido de hierro que contiene en sus entrañas la roca arenisca de las lajas circundantes. Ese tono ocre y sanguinolento sería el color estrella del día.

No habiamos recorrido ni un kilómetro garganta arriba cuando empezaron a mostrarse las primeras cuevas-abrigos, alineadas cual chaletes acosados a lo largo de una larquísima y espectacular laja. La verdad es que perdí la cuenta de los abrigos en los que entramos ese día. Y aunque el símil de éstos con nuestras modernas y apretadas viviendas pueda sonar a chiste barato, no resulta muy desafortunata la visión de estos antepasados nuestros conviviendo de una forma similiar a la nuestra. Imagínense a las diferentes familias y clanes repartidas en las distintas cuevas.Los niños correteando de acá para allá, y quizás no se pedirían sal o un poquito de café, como buenos vecinos, pero tal vez sí, no sé, un trozo de venado, algo de tuétano, por qué no un ascua encendida al que se le hubiera apagado el fuego…

A medida que ascendiamos la niebla por fin se acabó diluyendo, como una cortina que se descorre. Yo no sé los demás, pero a mí de repente el pelo se me empezó a encrespar, la vista y el olfato se agudizaron, me dieron unas ganas tremendas de cambiar la vestimenta sintética por pieles de animales y de encuevarme allí una buena temporada. Ahora lo entiendo, definitivamente la niebla nos había transportado al Paleolítico Superior, a miles de años atrás.

¿Y a qué me hubiera dedicado esa temporada, a parte de olvidarme de hipotecas, crisis económicas y de toda la filosofía y ética de Sócrates en adelante? Seguramente a pintar, a pintar cosas parecidas a las fotografías de abajo: un venado o corzo (la ejecución de esta pintura es fantástica), huellas dactilares, un pino o tal vez un helecho,etc. Por eso dije antes lo del color ocre como color estrella del día. Si no recuerdo mal, sólo en dos o tres abrigos visualizamos pinturas rupestres, pero en todos nos dejamos los ojos tratando de diferenciar trazos artificiales de las manchas rojizas propias de la arenisca cuando en algunos sitios se concentra más el óxido de hierro.

Por desgracia, y es algo que suele suceder en otros yacimientos, hay que lamentar salvajismos como el que les muestro abajo. En el año 1965 a un mamaracho se le ocurrió hacer la gracia de retratarse en la cueva. Se comprenderá entonces que en ocasiones, y ésta es una de ellas, se opte al final por no especificar la forma de acceder a estos lugares que no están controlados ni protegidos debidamente.

En fin, sigamos nuestro paseo por el Paleolítico. Como si se tratara de uno de esos cementerios de los pueblos andaluces situados en la parte más alta de la población, tal es el caso por ejemplo de Jimena de la Frontera, nuestros ancestros eligieron la zona más elevada de la laja para erigir su camposanto. Ahora sí toca la explicación del significado de Sierra Momia. Observen la fotografía y juzguen si tienen forma o no de momia. Este se cree que es el origen de este misterioso y sugerente toponímico, las tumbas antropomorfas que en gran número se encuentran en esos montes.

De todos modos, aún no está nada claro si estas tumbas antropomorfas son obra de los mismos que habitaban los abrigos de abajo. Los entendidos en la materia no se ponen de acuerdo en otorgarle una ascendencia “prehistórica” de miles de años o ubicarlas temporalmente incluso en época de ocupación romana. Ciertamente no es sencillo el asunto; por lo visto, la falta de restos oseos y el desconocimiento del ritual funerario que se llevaba a cabo dificulta la datación. ¿Eran tumbas destinadas a la momificación? ¿Como en las culturas celtas, eran lugares en lo que se ofrendaban los cuerpos a los buitres?

Y ahora, para despejarnos un poco la cabeza de tantas cuevas y tumbas y nos dé un poco el aire, algunas panorámicas. En esta primera se intuye el embalse de Barbate, Alcalá de los Gazules, y la Sierra del Aljibe: el Picacho, el Aljibe y el Montero. Las cumbres del P.N. de los Alcornocales, con 1.092 metros.

Benalup, o Casas Viejas, como era conocida esta población hasta no hace mucho.

El embalse del Celemín, y al fondo creo que la Sierra de Retín, por la parte de Véjer y demás.

Una vez que exploramos ese área, nos dirigimos a la otra vertiente de la Garganta del cuerno. Para ello, y cuando podíamos, utilizábamos otras lajas para andar con más comodidad y rapidez. No haciamos otra cosa que imitar el buen sentido de los animales; en una de estas grandes lajas hasta se observaba claramente un senderillo grabado en la roca pezuña a pezuña a lo largo de los siglos.

En esta ladera yo pienso que se levantó en esos tiempos de la “edad de piedra” un tipo de urbanización, cómo lo diría…. más exclusiva y menos poblada. Sospecho que ya por esa lejana época ya se empezó a marcar la distancias entre clases y clanes. La cueva-abrigo de abajo lo dice todo: el amplio porche, la columna con su ventanal, el jardín o el campito de golf justo enfrente…

Esta cuevecilla que estaba al lado debía ser sin duda la del servicio…. fíjense en el detalle de los boquetes a modo de escalerilla.

Y otra vez en el camino, digo en la laja… en busca de nuevos territorios. Mirando ahora las fotografías y repensando la excursión ¿quién me niega a mí que no nos asemejábamos a un clan de homo sapiens senderiensis… eh?

Este abrigo-cueva fue creo que el penúltimo que visitamos y obviamente nos dejó boquiabiertos, por sus dimensiones y sobre todo por el arco, en un precario estado de equilibrio. Quiera el destino, la erosión y las leyes de la física que dure mucho tiempo más.

Antes de finalizar la caminata nos topamos con unas cuantas bellas flores e insectos. Los compañeros Paco Vera y José Manuel Amarillo, que se ve que son unos máquinas en esto, no dejaron escaparse a ninguno con sus cámaras. Desde la más mínima flor hasta el abejorro más imposible de fotografiar. Es un placer caminar con gente con esa pasión ¡Y lo que se aprende!

Yo, aprendiz que es uno en estas lides de la botánica y la entomología, también hice mis pinillos, no crean, pero bueno, con unos resultados no muy… muy… completos. Véase si no:

La flor de abajo es obviamente lila titando a púrpura, tiene pétalos muy curiosos la verdad, y todavía no sé dónde consultar si es una centaurea o un cardo borriquero mal fotografiado 🙂 🙂

Oh, y el bichito este de abajo tan guapetón. Me dijeron el nombre y yo creo que a los dos minutos se me olvidó. Algo así como Longicorne, dado que sus cuernos o antenas en ocasiones son más prominentes y largos que su cuerpo. Para qué marear más la perdiz y al bichillo este, os pongo directamente el estupendo enlace de Paco Vera, que nos lo explica debidamente: AGAPANTHIA VILLOSOVIRIDESCENS

Dejo para el final, un hallazgo que realizamos y que revolucionará sin duda la entomología. Se trata de una cucaracha, a la que hemos bautizado como Cibercucaracha Momiensis (En honor a la sierra donde la encontramos) Sospechamos que es una especie invasora procedente con toda seguridad de China. Tal se tratara de un presagio o anuncio del predominio económico-social chino en el futuro, esta cucaracha del lejano oriente ya se ha apuntado a ese futuro y ha desarrollado una especie de placa solar con la que por ahora sólo consigue vibrar y poco más, pero ya, ya aprenderá y se adaptará al medio, y por desgracia acabará desplazando a nuestras cucarachas autóctonas.

Y aquí acaba esta primera caminata con otros blogueros y senderistas de nuestra bella provincia, a los cuales les emplazo y animo a que sólo sea la primera. Va por ellos:

“Chistera chistera, la caminata está fuera”

Y si por si acaso no se han cansado de cuevas, les animo a hacer la misma caminata pero con la mirada de otros dos homo senderiensis que fuimos ese día de ruta:

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Sobre la inscripción franquista del puente del Arroyo del Lobo


   Puente del Arroyo del Lobo

    Como soy un bullita sin remedio, ya al día siguiente de encontrarme con esta inscripción en el Puente del Arroyo del Lobo me puse a remover el cielo y tierra que puede uno remover para saber más sobre ella . Pensándolo bien, tampoco hay que ser muy bullita, me digo para justificarme, pues no todos los días ocurren historias tan interesantes. Salir de caminata y toparse con una inscripción conmemorativa de hace más de 70 años (1938), sean del signo que sean, alegra y anima a cualquiera.

  Lo primero que pensé fue que se me había escapado un artículo o libro en el que se la mencionaba; tal vez una de esas notas a pie de página que algunas veces no solemos leer. O que me había perdido la conversación con alguien con más experiencia que ya la conociera. Ambos supuestos eran posibles, aunque me inclinaba más por que hubiera sucedido el segundo.

   Me he puesto en contacto con las dos personas que yo creo mejor conocen la posguerra algecireña, y más concretamente el sistema defensivo que se levantó en el litoral campogibraltareño para repeler un ataque de las fuerzas aliadas. Ambos han investigado la materia y escrito sobre las vías de comunicación, fortines, nidos y demás que jalonan nuestra costa; es decir, son una referencia en este ámbito. Uno de ellos desconocía su existencia hasta ahora, pero me contextualizó históricamente la inscripción en tres párrafos certeros. Y el otro sí tenía vagas noticias por terceros, aunque ni las había visto personalmente ni conocía su contenido exacto. Resumiendo, al parecer estamos ante una típica y sencilla inscripción conmemorativa de una muy temprana época franquista que al parecer no ha sido estudiada o abordada por especialistas.

    Obviamente, todo lo dicho no significa que se haya descubierto ahora, y mucho menos por éste que les escribe. La expresión más exacta que yo creo habría que utilizar para este caso es que la inscripción ha “reaparecido”, se ha dejado ver de nuevo, y esta vez sí, el que les escribe ha tenido la suerte de verla y se ha interesado en saber hasta qué punto se conocía en los círculos de investigadores e historiadores locales.

   Por otra parte, somos afortunados por contar con la memoria de nuestros mayores, que curiosamente estas cosas no las suelen olvidar. Por ejemplo, a mi padre sí le sonaba esta historia, al igual que a un antiguo profesor mío. También la recuerda Manuel ¿Y quién es Manuel? Pues otro septuagenario que rebosa de sabiduría popular y existencial, y que me he encontrado ya dos veces andando por los montes de Punta Carnero. En dos sendas lecciones me ha puesto al día sobre la toponimia y costumbres del lugar. Espero seguir encontrándomelo para seguir aprendiendo, y si me da su permiso os lo presento, pues es de las pocas personas que conocen tan a fondo esta particular geografía algecireña, no por nada  hasta nació en uno de esos cortijos “de la Punta”.

    Bueno, y ya termino, que me voy por los cerros de… Getares. Según mi hipótesis, la inscripción queda oculta y tapada por los mismos sedimentos del arroyo del lobo, que me da a mí que no se suele limpiar y sanear mucho a la altura del puente. Hablando con un amigo periodista me comenta que por lo visto hay una campaña de limpieza de cauces y demás por parte de Medio Ambiente, creo. Tal vez hace años que no reaparecía, que no se dejaba leer, o igual sí, pero no se le dió importancia en su momento (tampoco tiene tanta, ciertamente) hasta que pasa por allí alguien que supuestamente tiene tiempo libre los días entre semana, es muy aficionado a la historia, amante de su tierra, y va y os la escribe, y si le dejan hasta os la lee en voz alta ¡pues no es pesao el tío ni ná!

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¿Arriba España, Viva Franco?: Una inscripción franquista en el puente del Arroyo del Lobo.


Puente sobre el Arroyo del Lobo

Esta mañana, intentando sacarle provecho a mi obligada condición de parado, me dirigía a los montes aledaños a  la Carretera de las Pantallas, donde estoy fotografiando, para una futura entrada en el blog, los cortijos antiguos que por allí a duras penas se mantienen en pie. Al pasar por el  puente “de los arquitos” que cruza el Arroyo del Lobo, la extrema sequedad de su cauce me llamó la atención. “Mira, como mi futuro laboral, más seco que…” me dije. Paré el coche para fotografiarlo, lamentando la falta de lluvia que tiene al Arroyo del Lobo en los huesos; y calentándome también por esa otra sequía especulativa y política que nos tiene a millones de parados en dique seco.

El caso es que me pongo a fotografiar este curioso y bello puente, primero de un lado, luego de otro, tratando al mismo tiempo de refrescar mentalmente lo que conozco de esta carretera.

     No hay mucho que refrescar: esta pista militar, al igual que otras que discurren por Punta Carnero o el conocido Sendero de los Prisioneros, fue construida al término de nuestra Guerra Civil e inicio de la II Guerra Mundial, en el marco histórico del Sistema defensivo del Campo de Gibraltar, con el que Franco aspiraba a repeler un posible ataque de los Aliados ¡Lástima que no nos invadieran, hombre! La práctica totalidad de las pistas, nidos y fortines que salpican nuestras costas, también la Carretera de los Yankees, son de dicha época; erigidas a base de sudor y sangre por los Batallones Disciplinarios de soldados trabajadores, compuestos por miles de presos republicanos, mano de obra esclava. Y por supuesto la famosa Pantalla de roca artificial que da nombre a esta carretera militar. Como se indica en un cartel fue construida en 1942 por un tal Don Enrrique Letang, costó 220 mil pesetas y se tardó tres meses en levantarla. El propósito de esta singular y hermosa “muralla” era el de enmascarar y camuflar el recorrido o dirección de dicha carretera.  Subo un par de fotos para que se sorprenda el que aún no la conozca.

Sigo pues tras este breve anuncio patrocinado por el Departamento de Ensoñaciones Históricas de dCaminata y Bodegas Albalí. Cuando ya me disponía a volver al coche y proseguir la excursión, algo, un trazo o línea vista de refilón, me detuvo. La flecha roja de la fotografía de abajo indica el lugar exacto. Como se puede observar, hay una especie de escalón o represa por donde el agua, cuando por suerte baja por el arroyo, cae para luego internarse por unos conductos que atraviesan la carretera. Nunca me había fijado en esta obra de ingeniería, y eso que he pasado unas cuantas veces por ese sitio, tanto en coche, en bici o andando. Pienso que han estado limpiando el puente previniendo las ansiadas lluvias y quizá han quitado tierra de esa suerte de zanja que impide que se anegue el asfalto, cosa que por otra parte he visto en alguna ocasión.

A ver, a ver, me digo… pero si eso parece una F, y después parece que viene una R. ¡No puede ser! pero si después consigo leer ANCO…. Ay madre mía, pues no estoy leyendo ahí la palabra FRANCO. Casi me pongo firme de la emoción, y no obviamente impelido por el nombre del dictador, sino por la sorpresa de tal inesperado descubrimiento, pues desconocía totalmente la existencia de estas inscripciones que me disponía a descifrar, dado el penoso estado en el que se conservan.

La verdad es que el día no podía empezar mejor, descubriendo personalmente una inscripción dedicada a Franco, a ese dictador que llevó a la ruina a un gran pais que empezaba a levantarse y que en el plano familiar tuvo a mi abuelo materno trabajando en uno de esos batallones de trabajo en Ceuta, y casi fusila al paterno, amén de otras tristezas familiares que tampoco es plan que broten, fluyan y nos aneguen en lágrimas. En este caso prefiero quedarme en la sequía.

La inscripción, en esa parte del dique, pone el tantas veces vociferado “VIVA FRANCO”. Algunas letras son mucho más legibles que otras. La F y la R, por ejemplo, se conservan muy bien, grabadas en el supongo mismo enlucido original. En el resto de letras también se aprecia la marca del punzón; pero también se nota como que luego alguien, tal vez un nostálgico del franquismo, ha querido recuperar el lema y ha “sobreescrito” sobre tales letras.

¿Y antes? ¿Qué ponía antes, abuelitos míos? Me acordé que tenía en el coche un cepillo, corrí a por él y me entretuve un rato en limpiar el murito; para que luego digan que uno no es trabajador. La parte de la inscripción anterior al “Viva Franco” no quería manifestarse, pero poco a poco fui tirando del hilo, digo del cepillo, y comenzaron a clarificarse otras letras: “…PAÑA…”  y un poco antes “ARRI..” Bueno, bueno, lógico mi querido Watson, el otro famosísimo lema de la primera época del régimen franquista: “ARRIBA ESPAÑA” Arriba, sí, arriba, pero entre unos y otros no la veo yo muy arriba, después de 70 años.

Y aún hubo más, por suerte. La parte de la inscripción que más me gustó y que más trabajo me costó leer o entender fue la que más limpié, pero nada, al principio no afloraba nada. Fue después de unas tres horas, cuando ya volvía de fotografiar el Cortijo del Campanario, cuando paré el coche esta vez en medio del puente y ahí sí se terminó de dejar de leer esta inscripción conmemorativa.

La fecha de la supuesta edificación del puente. Si no me equivoco, y en números romanos: MCMXXXVIII, es decir: 1938. Y a renglón seguido, otra fórmula cronológica muy utilizada por esos turbulentos y grises años: “III AÑO TRIUNFAL” Para el Bando Nacional, el primer año triunfal fue el del inicio de la sublevación y la guerra, así que echen cuentas: 1938.

La verdad es que nunca antes había tenido noticias de esta historia, ni leyendo ni hablando, y eso que siempre he sido muy aficionado a la historiografía de esta étapa; por lo que pido a todo aquel que sepa algo más sobre este asunto que sea tan amable de comunicármelo. Por otra parte me estoy poniendo en contacto ya con gente que controla el tema para que me confirme la verosimilitud de esta inscripción.

Acabo escribiendo entero el lema de lo que yo he leído de la inscripción: “ARRIBA ESPAÑA, VIVA FRANCO, MCMXXXVIII, III AÑO TRIUNFAL” Nunca antes un antifranquista se había alegrado tanto de empezar el día leyendo tan franquista frase. Satisfecho regresé a casa, casi desfilando con mi coche, y no, no cantando el “Cara al Sol”; más bien tarareando el contrario, ese hermoso himno del anarquismo español: A las Barricadas. Así dice la letra al principio: “Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver… “

   ¿Cuando empezará a llover de esa libertaria forma? Esperemos que no muy tarde.


Y para SABER MÁS:

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Torre del Rayo y Torrejosa: Centinelas de Puertollano


(Artículo publicado en el nº 48 de Al LÍMITE: Revista alternativa de montaña. Publicada por mi colega Garry. Este número y otros se pueden descargar en formato PDF desde este enlace en su web: BETIJUELO)

Torre del Rayo

            Hoy día no hay mucho tráfico en la CA-9210, una humilde carretera comarcal en el sur de la provincia de Cádiz, apenas un centímetro a escala en el mapa de carreteras oficial de España. Pocos son los coches, personas y animales que en la actualidad recorren sus 18 kilómetros de punta a punta. Sin embargo, no ocurrió así en el pasado.

            Quien hoy se adentre en ella desde la N-340 a la altura de la playa de los Lances, es probable que vaya a visitar el Santuario de Nuestra Señora de la Luz, o que viva en una de las aldeas del campo tarifeño: las Caheruelas o Puertollano. O tal vez su destino sea Facinas, una entidad local dependiente de Tarifa pero a la que todos los que la conocemos y queremos consideramos simplemente un pueblo. Vaya a donde vaya, que sepa y se admire el caminante o viajero que circula por una vía histórica, utilizada desde la más remota antigüedad por los diferentes pueblos que han visitado nuestra península. Cartagineses, romanos, bizantinos, visigodos; todos ellos tomaron en algún momento esta dirección para penetrar en el interior de Andalucía. También, y en mayor medida, las dos culturas que más nos han marcado como país y en la que nos centraremos: la musulmana y la cristiana.

            Tan variopinto tránsito circuló por el actual Puertollano, que como su mismo nombre indica, ofrecía con sus 115 metros de altura pocas dificultades de paso a ejércitos y viajeros. Testigos pétreos de este movimiento fueron la Torre del Rayo y la Torrejosa, dos viejos centinelas que pese a los achaques de la edad afortunadamente siguen aún medio en pié, luchando contra el olvido, para contarnos sus vidas y batallas.

Puertollano desde las proximidades de los Tornos

           Si les preguntamos por su edad no sabrán por desgracia qué respondernos. Y es que algunas ruinas han conservado ese pudor para acrecentar su misterio. Los historiadores y arqueólogos que se han aproximado a estas dos torres no han encontrado referencia escrita alguna que las ubique temporalmente con cierta seguridad, y tampoco se han realizado labores arqueológicas con esa intención. La hipótesis mayoritaria apunta a que son de etapa islámica, tanto por su tipología como por su relación con otras que sí parecen tener ese certificado de autenticidad islámico. La minoritaria apuesta por que sean construcciones realizadas ya inmersos en la ocupación castellana, y en esto los entendidos ponen más el punto de mira en la Torrejosa. Nos vemos obligados pues a hacer una marca o mella en esa línea temporal: la conquista de Tarifa en 1292 por Sancho IV. Si son musulmanas o cristianas hay que mirar para un lado u otro. Con independencia de sus dueños estamos hablando de edificios con siete siglos mínimo a sus espaldas.

            ¿Y si les preguntáramos por su función, por el fin para el cual fueron levantadas, qué nos contestarían? Algo más, con suerte. La del Rayo y la Torrejosa son torres almenaras o vigías, eslabones de la cadena de vigilancia y alerta que defendían la ciudad de Tarifa y su territorio atlántico. Mediante ahumadas en sus terrados transmitían las señales de peligro o de ataque, ya sea en un sentido u otro.

          Nuestras almenaras las trasmitían hacia el interior de la provincia; del otro acceso marítimo a la ciudad del viento se ocupaban la conocida Torre de la Peña y otra ubicada en Valdevaqueros. Ambos frentes formaban en realidad la primera línea defensiva de Tarifa; la siguiente serían sus murallas. Son por lo tanto bastiones para la defensa y control de un territorio, y quizás una de ellas, en concreto la Torrejosa, cumpliera además una función residencial, y fuera morada más o menos estable de un hipotético y desconocido señor de esas tierras.

Mapa de la zona

              Todos sabemos que los topónimos de Conil, Vejer y Jimena han conservado la coletilla medieval “de la frontera”, como alusión a que en su día lindaron con el Reino de Granada, pero ¿Y Tarifa, ha conservado ese apéndice? Según Martín Bueno Lozano, que fuera sacerdote e investigador de nuestra Historia local, sí, esa es su denominación oficial, pues así se indica en unos legajos conservados en el ayuntamiento: Tarifa de la frontera. Y vaya si lo fue, hasta que el empuje castellano no arrastrara esa frontera hasta Algeciras con su conquista en 1344. Tierra de peligros y batallas sería la campiña tarifeña, tanto que a los que osaban venir a repoblar se les eximía prácticamente de todos los impuestos de la época. Castellanos y norteños aguerridos; hombres que vivían “al límite” y que manejaban la azada y la espada con la misma efectividad y destreza.

            Aún podemos exprimir y sacar más jugo a la toponimia del lugar. Las dos estribaciones que franquean este modesto paso de montaña que es Puertollano son las sierras de Saladaviciosa y Saladavieja, al sur y al norte respectivamente. La etimología, esa especie de llave que nos abre el cofre del pasado, nos cuenta que el término “salada” proviene de “celada”, es decir, emboscada, ataque por sorpresa al enemigo. De este modo se han fosilizado estos términos medievales, para recordarnos que tanto Saladavieja como Saladaviciosa eran lugares idóneos para acechar a los pobres incautos que pasaran por Puertollano. Unos cuantos kilómetros más al oeste nos encontramos con otro monte con una denominación muy sugerente: La loma de la carrera del turco. Y donde se lee turco léase también moro, berberisco, nazarí; y póngase en el contexto de las incursiones piráticas, de esas “carreras” y cabalgadas en busca de botín, sobre todo ganado y rehenes por los que luego se pedirá rescate.

Puerto Llano desde la Torre del Rayo

        La Torre del Rayo es de planta cuadrangular, el tipo más común en nuestro Medievo, y de acceso a nivel del suelo. Estas dos características serán las principales diferencias con las torres almenaras del litoral edificadas ya a partir del s. XVI, que podían adoptar forma cónica y poseer un acceso elevado para dificultar el asalto. En cuanto a medidas podemos hablar de unos 6 metros de lado y quizá originalmente unos 10 de altura. Y en cuanto a elementos arquitectónicos destacables que se hayan conservado, por desgracia sólo las pechinas, donde descansaba la bóveda, y una estrecha escalera interior. Y es que, como se puede observar en las imágenes, los años no han pasado en balde por el anciano pero rudo vigilante. Lo primero que quizás nos llame la atención es la gran brecha abierta justo arriba de la entrada principal y que parece dividir en dos la estructura. Una fea cicatriz a todos los efectos. ¿Será por este detalle por el que se la llame del Rayo, como dando a entender que su estado se debe al impacto de uno de ellos? Quién sabe, lo cierto es que en las cercanías también hay una garganta con el mismo nombre, lo que complica más la cosa y hace preguntarnos ¿qué nombre fue antes, el de la garganta o el de la torre?

Torre del Rayo

         Para visitar la Torre del Rayo tenemos dos opciones. La primera, llegar en coche desde la N-340, y aparcarlo más o menos en el kilómetro 11 de la CA-9210, donde nos encontraremos con un cruce desde el que parte, a mano izquierda, una pista de tierra que conduce a las Casas de Puertollano. El lugar es fácilmente reconocible pues en el mismo cruce los paisanos de esta aldea tienen habilitados sus buzones de correo. La torre nos está esperando en la cima de un monte, a unos escasos 800 metros. La segunda opción es más interesante pues consiste en conquistarla partiendo desde Facinas. El coche lo podemos dejar en la Plaza de España, donde se encuentra la Iglesia Parroquia de la Divina Pastora, de mediados del siglo XVIII. Tomaremos la pista que nos lleva al lugar conocido como las Cabrerizas, conjunto de casas a las afueras de dicha aldea. Desde este punto continua una vereda que se interna a media altura en la sierra de Saladaviciosa en dirección sureste, y que tras unos 5 kilómetros y medio nos deja directamente en la Torre del Rayo. Antes de llegar a ella habremos atravesado cuatro hermosas gargantas: la de Mariano, la de Roque, la del Huerto y la del Helechoso. Si es cierto el dicho de que una imagen vale más que mil palabras, la panorámica que gozaremos desde este sendero resume todas las de este artículo.

La Torrejosa

            La Torrejosa es harina de otro costal. Llamada también del Pedregoso, como la finca donde se halla; o Torregrosa, siendo este en mi opinión el nombre que mejor la define, pues nuestro centinela es de proporciones “gruesas” y casi dobla en tamaño a su compañera y al resto de torres vigías de la zona. De uno 12 metros de lado, su altura original, ya que también se encuentra desmochada, hemos de suponerla superior a los 15. Las medidas del grosor de los muros también son considerables: más de 2 metros, y el interior ocupa unos 20 metros cuadrados. Esta singularidad en cuanto a su dimensión, más los finos elementos decorativos que hallaremos en su interior, es quizá el motivo que lleve a apostar a Ángel Sáez Rodríguez, uno de los historiadores más versados en estas construcciones, a que la Torrejosa sea un donjón castellano. El donjón, término francés por el que se conoce a las torres de homenajes, habría que entenderlo en este caso como una especie de castillo reducido a la mínima expresión, y cumpliría las funciones de defensa y control del territorio y además, como ya se dijo antes, haría de residencia del amo de esas tierras. Esa es la sensación que se tiene cuando se visita esta torre, la de pensar que no sólo fue habitada por soldados. El dintel trapezoidal de la entrada, el pasillo abovedado de acceso, las estilizadas pechinas, las puertas interiores donde se alternan ladrillos y piedras y los dibujos decorativos grabados entre sillar y sillar, invitan a suponer una ocupación familiar. La Torre de Botafuego, en los Barrios, es con la que guarda mayor semejanza, salvo en el tamaño. A ella podemos acudir si queremos hacernos una idea aproximada de cómo sería la Torrejosa, y también la del Rayo, cuando aún la decadencia no se había cebado en ellas.

Torrejosa

         Dejo para el final un elemento ornamental que creo resume esta argumentación, y que además añade un toque más de misterio a la Torrejosa. Se trata de una estrella de David (de 6 puntas) que corona la bóveda de un reducido habitáculo que antecede a la escalera interior. No, no se trata de la estrella de 5 puntas del islam, el también llamado pentagrama que para los musulmanes representa los cinco pilares de su religión. Es la estrella de ese otro pueblo que habitaba en esos tiempos la península: los judíos. Pero ¿qué pinta este símbolo en esta torre? ¿Es una especie de firma del constructor? ¿Es un emblema del origen de los propietarios? ¿Es sólo un capricho estético?

Estrella de David en el interior de la Torrejosa

Interior de la Torrejosa

            La Torrejosa, además de controlar el acceso a Puertollano, controlaba también el acceso y la salida del Valle de Ojén, otro pasillo natural que comunicaba con la Bahía de Algeciras desde tiempos inmemoriales y por donde transcurría la calzada romana llamada Vía Heraclea, proveniente de Carteia, en el término municipal de San Roque. Nuestro voluminoso centinela tenía trabajo extra. Y más lo tendría en la actualidad si quisiera preguntar por su estado de abandono y desconocimiento. Y es que señores y señoras del 2011, la Torrejosa, que mínimamente hunde sus raíces en el siglo XIII se siente discriminada y con razón; al contrario que el resto de torres almenaras de nuestra tierra, no está ni reconocida oficialmente ni catalogada como Bien de interés cultural en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz de la Junta de Andalucía. ¿Por qué? Habría que ser algo más que arqueólogo e historiador para contestar esta pregunta, pero lo cierto, lo incomprensible, es que la Torrejosa tiene a día de hoy perdida esa batallita.

            Quien quiera conocer esta torre deberá tomar la CA-7200, que parte de la N-340, en el kilómetro 65.5. Pasaremos por Vico, la parte baja de Facinas, por delante de los restos de un antiguo acuartelamiento, por el área recreativa de los Tornos, y llegaremos al fin al Caserío del Pedregoso, a unos 7 kilómetros desde que tomáramos esta carretera comarcal. El caserío del Pedregoso es un hermoso cortijo; junto con el de Ojén, de los más antiguos del lugar. Frente a él hay una cancela, y una vereda que nos lleva directamente a la cima de este monte con una silueta piramidal casi perfecta. En ella, a 232 metros de altura, se levanta la Torrejosa. Aunque la cancela no está cerrada con candado, se aconseja antes pedir permiso en el cortijo, pues se trata de una propiedad privada.

Puertollano desde la Torrejosa

        En sus años mozos, ambas torres verían pasar por Puertollano a las mesnadas del rey que quizá más contribuyó a la expansión del reino castellano por nuestra provincia: Alfonso XI. Contando como base de operaciones con las ciudades de Sevilla y Jerez de la Frontera, y enlazando con Medina Sidonia, Alfonso el Onceno nos honraría con su visita en varias ocasiones antes de la conquista de Algeciras en 1344. Al cabo del tiempo este trayecto sería conocido como el Camino Real. Si tenemos en cuenta que el ejército que movilizó para tal fin ascendía al principio a unas cinco mil personas y unos dos mil quinientos caballos, y que este tipo de campañas solían hacerse en verano, habremos de concluir en que el agua y los pastos eran las primeras necesidades a solventar. Desde Puertollano hasta Tarifa no solía haber problemas, pues numerosos son los arroyos que bajan de las sierras cercanas, y dos los ríos principales en ambas vertientes: el río Almodóvar y el río de la Jara. No habría de extrañarnos pues que uno de los campamentos de marcha de estas incursiones lo realizaran en un lugar próximo, en la actual área recreativa de los Tornos, a escasos kilómetros de Facinas.

       Para concluir, sólo insistir en lo que ya habrá comprobado el lector. Los que somos aficionados al senderismo, a la bici de montaña, y amamos la naturaleza estamos de suerte con Puertollano, con este paso de montaña, con este valle que se acaba difuminando en la comarca de la Janda. A nuestra disposición, aparte de las visitas a ambas torres, tenemos tantos senderos o caminatas como seamos capaces de trabajarnos, ya que es un paraje generoso en veredas y pistas forestales. Y reinando por encima de éstas, al menos en longitud, disponemos del sendero de gran recorrido conocido como GR-7, que cruza España entera desde Tarifa hasta Andorra. Sí, por aquí pasa, como no podría ser de otra forma ¿Quién se atreve a andarlo y hacer historia? Que seáis muchos los valientes, pero sabed que ya sea que estéis partiendo o acabando el camino, las torres del Rayo y la Torrejosa os estarán vigilando.

  

 

Historia, Folclore y Etnografía

Molino de San Francisco (Jimena de la Frontera), un lugar fantástico para caerse al agua


Molino de San Francisco

El molino de San Francisco es uno de los ocho molinos hidráulicos o maquileros que abastecían de harina a Jimena de la Frontera y alrededores hasta no hace mucho. El término “maquilero” proviene de una de las formas de pago con las que el dueño del trigo saldaba su deuda con el molinero: con dinero contante y sonante o con una cantidad determinada de trigo; este último tipo de transacción es la que se denominaba “maquila”.

De esos ocho molinos, cuatro estaban situados en el río Hozgarganta, dos en el Guadiaro, donde desemboca el anterior, y los dos restantes en sendos arroyo tributarios del hermoso río jimenato. El molino de San Francisco es uno de estos que ejecutaba su molienda en un arroyo tributario del Hozgarganta, en concreto en el arroyo del Cañuelo, que configura a su vez la Garganta de la Viña. El que mejor ha llegado a nuestros días es el molino el Rodete, ubicado en el margen derecho del Hozgarganta, que funcionó hasta el año 1964.

También, y aunque sin ninguna relación con la etnología, o tal vez sí, el molino de San Francisco ha sido testigo directo del  mayor carajazo acuático que he sufrido en una caminata. Una caída merecedora de ser detallada a continuación, pues si la curiosidad dicen que mató al gato, esta vez casi se lleva por delante a un pobre senderista.

Itinerario de la caminata pasada por agua

Río Hozgarganta

Mi intención ese domingo era explorar un poco la garganta de la Viña, por donde como ya he dicho discurre el arroyo del Cañuelo, además de reencontrarme de nuevo con el Hozgarganta, al que no regresaba desde hacía ya años. El término municipal de Jimena de la Frontera ofrece  muchas posibilidades a los que gusten del senderismo, tantas que podríamos tirarnos meses yendo todos los fines de semana a lugares distintos e interesantes.

Pues eso, y dejo de escribir ya como un guía turístico. Iba yo ese domingo más solo que la una, pero a gusto, para qué nos vamos a engañar; me encanta caminar sólo, pues es cuando más se asemeja uno a un animalillo libre y asilvestrado, pero que conste que intenté ir acompañado, pero nadie se apuntó. Además, este tipo de caminatas junto a un río son aconsejables de hacerlas si no ya en solitario sí al menos en silencio, para no perdernos los borboteos del agua y demás arpegios fluviales, que paradojicamente relajan de la misma forma que cuando miramos y oímos un fuego.

Río Hozgarganta

Y por si esto fuera poco, de trecho en trecho me paraba a observar cómo fluía el inacabable río de la Historia. En una de esas me transporté directamente a finales del siglo XVIII y vi, en la orilla opuesta, salir el humo de las chimeneas de la Real Fabrica de Artillería, mandada construir por Carlos III para fabricar las armas que nunca llegarían a reconquistar la plaza del Peñón de Gibraltar. El aire olía leña de chaparro, a azufre y a metal.

Como si se tratase de un molino harinero, la fuerza motriz que accionaba los fuelles que fundía el metal era también el agua; igualmente llevada a la factoría a través de un canal de 600 metros de longitud, y de 5 de profundidad en algunos tramos. Esta “Fábrica de bombas“, denominación con la que se le conoce hoy día era alimentada con el hierro de un yacimiento que se encontró en San Pablo de Buceite. Pocos años estaría en funcionamiento, para disgusto del rey Borbón. La mina de hierro no aportaba el mineral suficiente, y encima, el caudal del Hozgarganta no era constante, y en ocasiones el agua no les “llegaba a su molino”. Cuando se convencieron de esto último, los arquitectos lumbreras se darían de cabezazos contra el canal.

Canal o Cao de la Real Fábrica de Artillería

Un poco más adelante, y antes de internarme en la Garganta de la Viña, me llamó la atención el retumbar de unos cascos de caballo también en la otra orilla. Me oculté en la maleza, por si acaso. Los jinetes vestían una especie de túnica corta y a intervalos destellaban lo que parecían ser los restos de armaduras. Uno de ellos portaba un casco coronado con una cimera roja. No podían ser otros que el ciudadano romano Cneo Pompeyo hijo y sus leales escoltas celtíberos, que huía derrotado de la batalla de Munda a manos de Julio cesar al término de la segunda guerra civil. Su destino no estaba muy lejos: Carteia, en la actual Bahía de Algeciras, donde intentaría retomar la lucha.

La cabalgada pronto quedó enmudecida por un tronar de gargantas y alaridos ladera arriba. La cosa se estaba animando. De repente es 1431 y las huestes de Pedro García de Herrera, Mariscal de Castilla de Juan II, toman por asalto y previa escalada la fortaleza y el castillo nazarí.

Torre de homenaje del castillo de Jimena

Para llevar sólo una hora de caminata no me podía quejar. Fijé la vista en el río de verdad y me dejé de batallitas. El trayecto por el arroyo del Cañuelo hasta el molino de San Francisco es realmente bonito: frondoso, húmedo, algo salvaje. Por algunos sitios la vereda se encuentra empedrada, lo que nos dice que en su tiempo fue un camino muy transitado, sobre todo por las mulas que transportaban el grano de trigo a la molienda. También sé, pues he visto fotografías, que por los alrededores hay caleras y pequeños lagares tallados en la roca, no por nada estamos en la Garganta de la Viña. La próxima vez que vaya intentaré localizarlos.

Encontrarse con uno de estos viejos edificios en medio de ningún sitio creo yo que hace flipar a cualquiera. Es como, una vez más me atrapa el dichoso río de la Historia, viajar en el tiempo. Los molinos tienen además esa belleza añadida de haber sido en su momento una cosa bastante útil: ciencia y tradición popular juntas de la mano.

En comparación con los molinos que conozco, este de San Francisco ha conservado francamente bien su estructura. Lo que más sorprende quizás en su altura, que puede que sobrepase los 15 metros. Como se puede observar, es un molino de doble cubo, sistema hidráulico por el que caía el agua alcanzando la fuerza y presión necesarias para mover la maquinaria en sí del molino: rodezno, palahierro y piedras de moler. Por lo que se ve, sus compañeros del Hozgarganta no se servían de estos cubos, sino que gracias a un caudal más potente se bastaban con el agua que les llegaba directamente del canal.

Cubos del Molino

Poza Junto al molino

Otra característica que no había visto antes en un molino es esta alberca o balsa. Aquí se represaba el agua, y al abrirse una compuerta, se dirigían a los cubos.

Balsa o alberca donde se represaba el agua

Y a continuación lo que más me gustó ver ese día; parte del rodezno del  molino. El rodezno era una pieza fundamental, pues mediante un sistema de cucharas o paletas movidas con esa presión hidráulica que mencioné antes, se transmitía la fuerza a un eje, el palahierro, que a su vez hacía girar la piedra corredera (la móvil) sobre la solera (la Fija) y triturando el grano alojado entre ambas.

En resumen, lo que me encontré ese domingo en el molino de San Francisco podría quedar genial en una sala de cualquier museo etnológico, pero habrá que esperar digo yo que mil años más, y esperar que nos “civilizen” de nuevo otro imperio romano ¿no?… mundo este…

Piedras del molino y parte del rodezno

Así funcionaba un molino

Rodezno y piedras

Marca de la piedra: “Type la Ferté”

Bóvedas o Alivios por donde el agua regresaba al río

Por estas bóvedas, alivios o alcobas regresaba el agua al arroyo. Echen una poca de imaginación ¿no se asemejan estas bóvedas como a una especie de ojos? ¿Podríamos imaginar que son los ojos del molino? Ya les digo yo que sí, y que fueron los que me vieron caerme con todo el equipo… sí, equipo fotográfico también. Pensándolo bien, yo creo que fue la forma que tuvo el molino de cobrarse la entrada a su museo particular, el joío.

El caso es que antes de pagar este peaje había continuado el sendero al menos un kilómetro más arriba. Me di la vuelta por aquello del riesgo calculado. Si ya es totalmente desaconsejable salir al campo solo, y encima por un sector nuevo, más lo es adentrarse o caminar más de lo necesario. Siempre digo que cuando no se conoce un sitio, lo suyo es descubrirlo poco a poco, por fases. Quién me iba a decir que el “accidente” me esperaba cuando ya de vuelta bajé a la planta baja del molino y su poza.

Lugar exacto del chapuzón

¿Cómo fue la caída? pues como todas, de la forma más tonta posible. Como indico en la foto de arriba, me encontraba en ese estrecho canal por donde la poza se desagua arroyo abajo, haciendo fotos a las bóvedas de alivio del molino, ya saben, los ojos, entre nosotros. Hago unas cuantas, de pie y en cuclillas, y me retiro para coger perspectiva, y cuando vuelvo al mismo exacto lugar, y piso la misma exacta piedra de antes, la dichosa piedra me hace girar cual rodezno humano, pierdo totalmente el control y el equilibrio y en medio segundo me veo literalmente tumbado de espaldas en el agua; preguntándome en ese breve intervalo de tiempo cómo puedo ser tan gilipollas de caerme de esa manera; viendo a cámara lenta cómo el agua que sale salpicada cae sobre mi apreciada cámara Nikon. Horror. La verdad es que el agua estaba fresquita, pero la verdad, casi ni la note…

Haciendo ahora un poco de tragicomedia 🙂 recuerdo que en ese segundo que duró la caída pasaron ante mis ojos, a una velocidad vertiginosa, todas las caminatas que he hice hasta ese momento. ¿Y qué fue lo siguiente? Pues levantarme igual de rápido que me caí, acordarme de toda la corte celestial, y también, lo confieso, acordarme fugazmente de Bear Grylls, ese de los documentales de “El último superviviente“.

¿Qué hubiera hecho el máquina de Bear Grylls en mi lugar? Probablemente nada, jajaja, hubiera seguido río abajo como si tal cosa, puesto que aparte que de que el chaval la mayor parte del tiempo va empapado, como que tiene un equipo fotográfico al que no le afecta en nada… el agua.

A mi cámara sí que le afecta, Bear, por eso lo primero que hice fue ponerme a secarla como un loco, rezando para que no le hubiera entrado agua en el interior, rogando a … ¿hay algún santo que ampare a los senderistas?… quien sea para que mi compañera de caminatas no se me ahogara ahí esa mañana de domingo.

Tuve suerte, no le entró agua. Ese diocesillo del bosque se apiadó de mí esa mañana. La fotografía de abajo fue la primera que tomé tras el chapuzón. Si se fijan, encima de la torre hay curiosamente una estrella navideña. Otro mensaje: me estrellé pero tuve afortunadamente un poco de estrella.

Castillo de Jimena. ¡¡¡ funcionaaaaaa!!!

Acabo esta entrada del blog, esta caminata tragicómica, con un poco de vergüenza y pudor, de verdad. Abajo tienen una poca edificante imagen de mi ropa puesta a secar, como hacían antiguamente las lavanderas. Menos mal que siempre llevo camisa de respuesto y ropa de agua. Por suerte me pude cambiar y mantenerme seco. Eso sí, me llevé un buen recuerdo sangrante en la mano derecha, un codo algo hinchado y un moratón en la espalda, pero nada, gajes del oficio. Y por supuesto que mereció la pena, tanto que mañana día 14 de enero regreso al mismo sitio, pero eso sí, esta vez acompañado.

Agenda del Cencerro

Agenda del Cencerro: Ruta por los Molinos de la Garganta del Capitán


    ¿Hay algún Hombre o Mujer del Tiempo por ahí? ¿Que por qué? No, nada,por nada, sólo para preguntarle que a qué rincón de España mandó las lluvias, porque según ellos ayer domingo 23 de octubre iban a caer demonios coloraos del cielo de tanto que iba a llover, nada más y nada menos que un 95 % de posibilidades de lluvia según la AEMET. Al final, cuatro gotas y un par de truenos en el horizonte. No sé por qué me extraño ¡Qué se puede esperar de alguien al que se le paga por mirar las nubes!

    Bromas pluviométricas aparte, lo cierto es que a causa de esa previsión pasada por agua, cancelé una caminata muy interesante con un par de colegas. Sin embargo, una vez en pie, abierta la ventana y sacado el dedo a modo de estación metereológica, llegué a la conclusión de que podía arriesgarme a echarme al monte por un par de horas.

    Ah, y cómo disfruté de ese par de horas que al final fueron cuatro. Aproveché para preparar la ruta de los Molinos de Botafuego, los de la Garganta del Capitán, que he prometido enseñar a unos cuantos amiguetes y compañía. En realidad sería la primera caminata que haga más o menos como guía con gente con la que nunca he caminado antes, y ha quedado muy chula. Por eso aviso ya que lo suyo sería hacerla cuando esté un poco más verde el campo, pero sin esperar a que llueva mucho, que aquella zona es propensa a embarrarse.

   Si quieres ver un adelanto entra en el muro de Facebook de dCaminata, donde he subido 20 fotografías. Las proximas agendas del cencerro también lo haré así, pues tardo menos tiempo en subir las fotos que si lo hiciera en el blog. En el blog sólo subiré la ruta al completo, cuando la haya finalizado, con más fotografías y con la paliza del texto y demás 🙂

Lo dicho, pincha en la imagen para entrar en el muro de Facebook, y ya de paso te puedes unir:

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Caminata por el Facinas prehistórico


Nube levantera

Galopaba con ganas el levante esta mañana por Facinas y alrededores. Seguramente  no fuera el día perfecto para una caminata, pero es que ya está uno un tanto impaciente por que la lluvia haga acto de presencia y ponga al campo en su sitio: verde, fresco, hospitalario. Así  que, a caballo ventoso no le mires las alas, o algo así; no le pusimos muchas pegas a montarnos a lomos del levante y disfrutamos de una bella ruta circular desde Facinas a Garganta Mariano… pasando por la Prehistoria, eso sí.

El impulsor de esta caminata ha sido Antonio Garrido, fuera de su casa conocido como Garry. ¿Y quién es este joven señor? Nada, un novatillo en estas lides, otro que como yo se aburre los domingos y quiere conocer nuestro entorno. Menos mal que se ha comprado un GPS Garmin, que si no…. 🙂 no… que no, que seguramente le conozcan, pues estamos hablando que yo sepa del pionero en la promoción del senderismo en el Campo de Gibraltar. Es curioso, yo le conozco de toda la vida, pues cuando eramos críos entrenábamos en el club de Atletismo de Algeciras ¿UDEA se llamaba, al principio?, pero ésta ha sido la primera caminata que hemos hecho juntos; de hecho hemos vuelto a tener contacto gracias a estos tejemanejes camperos. A ver para cuando la próxima, pues aquí nuestro amigo tiene una agenda de ministro. Ironías a un lado, la agenda digo yo que será la misma que la de cualquiera de nosotros, ya saben: trabajo, familia, media hora de recreo, luego otra vez familia, en fin…

Pero donde no se cumplen las similitudes con el común de los ciudadanos es en el milagroso provecho que le saca a esa media hora de recreo que disfruta un padre de familia normal. Lleva palante o en la mochila, qué se yo cuántas cosas: Los Cuadernos-guías de senderismo, la web Betijuelo, el muro en Facebook Andar por el Campo de Gibraltar, el blog El montañero ausente, el Fanzine Kristal (desde hace más de 20 años), la publicación sobre montaña Al límite, hasta hace poco el club de escalada Al Hadra… No sé yo cómo se las apaña. Una de dos, o es muy ordenado o en realidad nos miente a todos, tiene un gran despacho por ahí y es desde hace tiempo, dada su agenda, Ministro de cultura independiente del Campo de Gibraltar.

Garry mostrándonos el camino al Neolítico. Al fondo de aprecia el dolmen del Bujeo
Homo sapiens senderiensis al pie del dolmen.

La ruta que recorrimos, circular, saldrá en su próximo cuaderno. De unos 6 o 7 km está pensada para que se pueda hacer en familia, y mejor que mejor en primavera. Como es una historia que se está currando él no subo una ortofoto del recorrido que hicimos, pero vamos, el lugar es merecedor de al menos un par de visitas, y según sean nuestras ganas de andar hay veredas para unas cuantas alternativas. Dcaminante no hay dcamino, se hace ruta al andar.

Una prueba más de que Facinas, mal que le pese y sorprenda a algunos, ha sido escenario de la Historia desde siempres, son los dólmenes y menhires que nos legaron nuestros ancestros. Situada en una zona montuosa, atravesada por todos lados por fuentes, regajos y pequeños arroyos, los campos que conforman hoy día Facinas debieron ser un lugar idílico para nuestros parientes del Neolítico. Ahí tuvieron todo el tiempo del mundo para plantar las primeras cosechas, pues hacía poco que se había “inventado” la agricultura, y para cazar y pescar; ahhhh y sin alambradas y cotos privados que les entorpecieran, qué gozada. La cercana Laguna de la Janda, también supuso un atractivo para que prosperaran esas poblaciones.

El Dolmen que casi tapa el Homo Senderiensis de arriba es el Dolmen del Bujeo. De los tres que nos han llegado es el que mejor se conserva. Qué fuerte pensar que en ese mismo lugar, hace quizás unos 5 o 6 mil años se lloró la muerte de algún ser querido, y que esas mismas personas fueron, al igual que los primeros agricultores, los primeros en tejer los hilos de una espiritualidad y una religión reconocibles. Los otros dos dólmenes, el de la Mesta y del Mirador, no han conservado la losa superior horizontal, y pueden ser confundidos con simples lajas de piedra arenisca del lugar. Sé que están por ahí cerca, pero ¿dónde exactamente? Se agradece la colaboración de quien lo sepa.

Menhir en el canuto de Tribucio, a espaldas de Facinas
Menhir en el canuto de Tribucio (fotografiado en el 2007)
Menhir de frente, obsérvese las marcas, al parecer artificiales.

A menos de un kilómetro del dolmen, recordemos que estamos a las mismas espaldas del pueblo, nos sale al encuentro el Menhir del Canuto de Tribucio, cuyo arroyo discurre a sus pies. Dispuesto en una pequeña zona amesetada, posiblemente dedicada en esos tiempos al cultivo, el menhir estaría relacionado con la fertilidad de las cosechas. Al igual que ocurre con los dólmenes, hay por lo visto otro menhir por los alrededores, el de la Vaguada. Nosotros no lo vimos, o lo mismo sí, no estamos seguros; ya digo que otras lajas puntiagudas de arenisca sobresaliendo nos puede hacer dudar. De hecho los constructores de estas piedras talismán aprovechaban las lajas con una forma ya medio esculpida por la naturaleza. Si quieren saber más les recomiendo que repasen las aventuras de Astérix y Obélix.

Laja de Aciscar
¿alcornoque o cornamenta de venado?
Mai y ... lamento no acordarme del nombre del chaval.

 Dejando atrás este paseo por la prehistoria salimos a la zona conocida como las Cabrerizas, en la ladera norte de Saladaviciosa. Como su nombre indica, un enclave dedicado tradicionalmente a la cría de cabras, desde donde obtendremos bellas panorámicas del agro facinense. Veremos el Pantano de Almodovar, el Cerro de la Torrejosa, los Tornos, la Sierra del Niño…

Cortafuegos en la Sierra de Saladaviciosa

 Un par de kilómetros adelante llegaremos a la Garganta de Mariano, la primera de una serie de ellas que se suceden hasta la Garganta del Rayo, ya en Puertollano.

Garganta de Mariano

Y aquí estamos los dos. Anda que no tuvimos ocasión de fotografiarnos antes con fondos espectaculares. Pues toma chumbera que te crió al término de la caminata.

Chistera chistera la caminata está fuera

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El último ermitaño de Tarifa


   El hombre de arriba, protagonista del video realizado por RTVTARIFA en julio de 2008, se llama Andrés Manso Serrano, tiene en esa fecha 84 años y vive en Puertollano, enclave rural tarifeño cercano a Facinas. Los apellidos no pueden sentarle mejor al señor Andrés. Viendo el video se aprecia que es un viejecillo Manso, inocente y bueno, en el sentido machadiano de la palabra. Y en cuanto a Serrano…no hay nada más que añadir. Si no entráramos en muchos detalles al analizar la imagen, se diría que Andrés sólo nos está mostrando una mata de pimientos, y que su sonrisa desdentada no se decide entre mostrarse tímida u orgullosa. No, detrás de ese gesto y esa postura de ofrecimiento se esconden muchos valores humanos y naturales.

    Andrés, que a día de hoy espero que tenga 87 años, parece decirnos mira de lo que soy capaz a mi edad y recién operado de cataratas. Y no sólo arranca a la tierra pimientos y demás verduras y frutas; en sus tiempos también fue colmenero y cabrero ¡quién probara esos quesos de cabra con una poca de miel por encima! Y pasen, pasen y vean mi casa, parece seguir diciendo; será sencilla, tosca, de un minimalismo rural no apto para urbanitas modernos, y no tendrá agua, ni luz… pero se la ha hecho él con sus propias manos con lo que tenía precisamente más a mano: piedras, acebuches, palmitos y arcilla. Es cierto que el señor Manso Serrano cumple con los requisitos del buen ermitaño, pero yo lo veo más como a un hombre de la tierra.

   Uno de los momentos que más me han gustado del video es cuando la periodista le pregunta la hora a la que se levanta. A las cuatro o a las cinco, le contesta Andrés. ¿Y para qué? ¿Qué hace a esa hora? insiste. Pues qué voy a hacer, responde el buen hombre como si le hubieran formulado la pregunta má obvia del mundo:  pues hacer el café. Vamos, seguro que es más probable que no salga el sol por la sierra o que se hunda siete veces seguidas la bolsa de Nueva York, que Andrés deje de hacerse su café a las cinco de la mañana.

    Y hablando de crisis económica, hoy mismo escuché por la radio que a causa de este maremoto especulativo originado por esos brokers de la gran manzana podrida, muchos jubilados griegos están retornando a sus pueblos de origen, están recurriendo al campo y a la naturaleza como un salvavidas frente a la bancarrota de sus vidas y su país. La tierra, como a Andrés, al menos les ofrecerá unos pimientos que llevarse a la boca más o menos gratis, sin  intermediarios, y no les echará en cara, como buena madre, el maltrato al que le sometemos entre todos.

   Termino con unas estrofas extraídas del conocido poema de Fray Luis de León, “Oda a la vida retirada“, en homenaje a Andrés, y te pongo el enlace del video para que durante 5 minutos, pulsando aquí:   HUYAS DEL MUNDANAL RUIDO.

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

… …

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

… …

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

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Los Moriscos: las viviendas tradicionales en los Alcornocales


Fotografía de Juanlu González Pérez

¿Dónde vivían los pastores y los carboneros, todos aquellos lugareños que hasta no hace mucho habitaban el actual P.N. de los Alcornocales ? ¿En dónde se guarecían de la lluvia y de la solana? ¿En dónde pernoctaban o pasaban los pocos ratos libres que sus duros oficios les permitían? En los moriscos, esas chozas que pueden observarse en la fotografía de arriba; instantánea tomada en las proximidades de la Venta de Ojén (cerca de Facinas),y que por desgracia puede ser uno de los últimos testimonios gráficos de estas construcciones tradicionales. Sin duda, la atmósfera que transmite nos trasporta a otras épocas. Por desgracia, hoy día ya no existen esas chozas, y dudo que existan otras similares, con ese mismo grado de autenticidad y originalidad.

Esta fotografía la tomó Juan luis González Pérez, un fotógrafo de los Barrios, aficionado a la naturaleza y gran conocedor de nuestro Parque. 

Como ya he adelantado al principio, los moriscos son las viviendas que desde hace siglos han construido los habitantes de nuestras sierras, sobre todo pastores y carboneros, los parias de la época. Sobra comentar que no eran dueños del solar donde se erigían. La tierra  pertenecía al ayuntamiento, o la mayoría de las veces, a un propietario privado; y entre ambas partes no solía mediar contrato escrito alguno.

Pero,  ¿por qué esta denominación de “morisco“? Lo desconozco, pero quizás se deba a esa afición popular de atribuir restos o construcciones antiguas de los que no se sabe muy bien su origen a los “moros”; o a que viviendas similares levantaban los moriscos, cuando tras las sucesivas expulsiones en los s. XVI y XVII, algunos se refugiaron en las sierras y bosques para huir de la “justicia” castellana.

Fotografía de de Juan Antonio Mena Cabezas

Esa es la principal característica del morisco: la adaptabilidad. Se construían con los materiales que proporcionaba el entorno; básicamente piedras, ramas de árboles, matorral y barro. Cuando iban a ser utilizados por temporadas se levantaban únicamente con materiales vegetales, pero cuando la vivienda ya se convertía en el hogar habitual de la familia, se hacía uso de la piedra arenisca, fácil de trabajar. Podían encontrarse solos, aislados, o agrupados en poblados. Este era el caso del poblado de carboneros que al parecer se hallaba cerca de la Venta de Ojén, donde se realizarían los negocios relacionados con el carbón vegetal: compra-venta, cargas, transportes, etc.

La estructura del chozo morisco era sencilla y funcional. Según las necesidades eran circulares o rectangulares. El circular se usaba como cocina y “sala” de estar y el rectangular como dormitorio. En ambos casos las paredes solían medir 1,5 m. de altura, y los bloques  de piedra estar unidos o no con argamasa. Si ésta era la arcilla del lugar se lograba al parecer un buen aislamiento térmico en verano y en invierno. Para la solería también se usaba la arenisca, cuando no otra vez el barro “colorao”, apisonado.

En cuanto a la techumbre,  pienso que la que presenta forma cónica es la que más llama la atención y que más singularidad presta a la vivienda. Para el  armazón se utilizaba el quejigo o el aliso, árboles que resisten mejor las inclemencias atmosféricas y el ataque de bichos. Las vigas principales eran llamadas “cumbreras”, y sustentaban a las secundarias, las “costillas”, que encajaban en los muros mediante una muesca o “mortaja”. Luego, la estructura era cubierta con matorral de diversas especies, siendo el más usual el brezo de escoba, el “escobón”, que puede alcanzar hasta los tres metros de altura. En los sitios cercanos a la antigua Laguna de la Janda, también se usaba la castañuela. Este tipo de techado impedía que la lluvia calara y a la vez permitía que el humo saliese al exterior. A veces, por lo visto, utilizaban panas de corcho para conseguir un mejor aislamiento. Sabiduría popular por los cuatro costados.

Escobón (Cytisus striatus)

En el exterior, otros elementos constructivos de vital importancia facilitaban la vida a nuestros paisanos. Era raro el chozo que no tuviera aledaño un huerto, o un corral, con los que se satisfacían gran parte de las necesidades alimenticias de la familia, completadas con la caza y la compra de productos en los pueblos cercanos.  También tenían a mano, para uso individual o mancomunado, supongo, los característicos hornos de piedra para hacer pan. Restos de algunos de ellos pueden verse aún por esos montes.

Restos de un horno de piedra para hacer pan

¿Qué más podían pedir? pregunto con ironía. Pues mucho más, seguramente me contestarían esos pastores y carboneros. Los testimonios orales o escritos que han perdurado nos hablan de una vida durísima, pero donde las necesidades básicas al menos estaban cubiertas. En otros lugares, otros trabajadores del campo lo pasaban aún peor. A algunos de nosotros, desde nuestro punto de vista urbano y acomodado, ese tipo de vida nos parecerá idílico y atractivo, un estilo de vida más natural y humano, pero claro, no pensamos en la cantidad de esfuerzo que había que invertir para sobrevivir y hacer esa fotografía posible. De todos modos, más de uno, entre los que me incluyo, se iba una temporadita a uno de esos chozos.

Reconstrucción de una choza de los Millares

Para ir terminando, quisiera reseñar el paralelismo ancestral de este tipo de edificaciones con las viviendas del Neolítico y la Edad de los Metales. Hace entre 8 mil y 4 mil años, cuando la agricultura y la ganadería empiezan a ser una realidad, aparecen los primeros asentamientos urbanos. Las casas que construirían estos pobladores marcarán la pauta en los siglos venideros. Aprovecharán, cómo no, los materiales del entorno, y serán curiosamente de estructura circular, con la techumbre cónica. Miles de años después, un pastor del neolítico hubiera encontrado muy familiar estos moriscos. Se sentiría en su propia casa.

Un ejemplo claro de este tipo de poblados o chozas de  la Edad del Cobre lo tenemos cerca. Es el poblado prehistórico de los Millares, a 17 km. de Almeria, uno de los yacimientos más importantes de Europa. Y el de la cultura del Algar, que sería su sucesora. Las similitudes son notables.

Los griegos, como es de esperar también tienen algo que decir en este asunto. Hablamos de los Tholos, que además de designar a un tipo de construcción funeraria, eran las casas circulares de la Grecia prehistórica. Los restos más antiguos se encontraron en Chipre, y son del 5.800 a.c. Eran chozas con paredes de tapial y cañizo,  enfoscadas con barro, y presentaban cubiertas de tipo cupular.

Reconstrucción de una choza de un castro celta, en Galicia

El pueblo Celta, con sus representantes en tierras del norte peninsular, tampoco se quiere quedar aparte. De sobras conocidos son sus Castros, poblados fortificados donde destacan las estructuras circulares de sus viviendas. Posiblemente sean el origen, o uno de ellos, del resto de chozos circulares de pastores que desde siglos atrás y hasta hoy día pueblan los montes de Cantabria, Asturias, Galicia, e incluso Extremadura, parientes hermanos de nuestros moriscos. Quizás esta hipótesis dé credulidad al siguiente comentario que a continuación expongo.

En mi humilde y amateurosa labor de documentación encontré una información que apunta hacia esa hipótesis, la cual transcribo literalmente. Está extraída del libro “Guías naturalistas de la provincia de Cádiz III: Sierras del Aljibe y del Campo de Gibraltar“, publicado por la Diputación de Cádiz en 1988, y dice así:

En las Sierras de Ojén y Luna se encuentran unos chozos rojizos de planta circular y cubierta cónica. Su origen es más antiguo. Se remonta a los pobladores  que se desplazaron desde zonas del norte durante el siglo XVII”

¿Será ese el verdadero origen de los moriscos? ¿Gentes del norte que vienen a repoblar nuestras sierras y que traen en el morral sus costumbres y su forma de construir? Es en estas ocasiones cuando de verdad lamento no ser una especie de Percy Fawcett de los Alcornocales, haber estudiado Arqueología, ser un rico heredero para no tener que trabajar, y estar un poco más zumbado por el campo para echarme al monte y que no me importe estar meses intentando aclarar este misterio, este arcano de nuestra etnografía.

De todos modos, como la esperanza es lo último que se pierde, después de la gorra en mi caso, no descarto la posibilidad de que un domingo de estos, en una caminata cualquiera por la Sierra de Ojén por ejemplo, tras la espesura, en un pequeño claro, surja milagrosamente un morisco en buen estado de conservación. ¿Por qué no iba yo a tener mi particular “El Dorado”? Anda que no.