Biblioteca · Historia, Folclore y Etnografía

La Ermita de Murillo, junto al río de la Miel


     ¿Junto al río de la Miel? ¿Seguro? Seguro, todo aquel que alguna vez haya hecho esta “dulce”, verde, frondosa y en ocasiones concurrida ruta ha pasado a escasos cincuenta metros de ella.

        Pero ¿dónde, a qué altura? Ahhh, podría poner una fotografía aérea indicando el lugar exacto de esta ermita, que también era conocida como ermita de San josé o del Cobre, pero de este modo les robaría el placer de tratar de encontrarla por vuestros propios medios, que es realmente lo más divertido. Además, sería un tanto farragoso tratar de explicar con detalle que se encuentra al inicio del llano que algunos lugareños del Cobre llaman “Plaza Alta”, que si al final de la primera cuesta, que si al fondo a la derecha a partir del quinto alcornoque.

          Bueeeno, subo una imagen del Iberpix, pues fue gracias a esta excelente herramienta como supe de la existencia de esta ermita. Ya en serio, seguramente más de uno y de tres conoceréis este edificio religioso, pero he dado por supuesto que es algo desconocido por la inmensa mayoría, puesto que son muy pocas las noticias que se tienen de este vestigio. Los que realmente saben de esto, los historiadores de nuestra comarca, apenas pueden aportar datos contrastados.

        Otra de las razones por las que subo esta imagen es por tratar de comprender cuál fue el motivo que llevo al cartógrafo de turno a reseñarla de una forma tan rotunda.

       Cualquiera que consulte los mapas oficiales o navegue por Iberpix creerá que este hito cartográfico, esta ermita de Murillo es, con perdón, la ostia. Similar en importancia y grado de conservación al Molino del Aguila o el de Escalona (del Trueno, en el mapa), y ya les adelanto que no es así. Estamos hablando de una edificación humilde, pequeña; y a lo que voy, los molinos son más o menos conocidos, y la información sobre ellos es abundante, ¿pero quién conoce a nuestra pobre ermita, que hoy día ejerce de gallinero?

      Bien, si han llegado hasta esta verja es que han hecho bien los deberes, pero quieto parao, desde aquí no se ve pero la dichosa verja tiene un dichoso candado. Y es lógico, nos encontramos frente a una parcela privada, dedicada a la horticultura, pero no existe vivienda. La pasada primavera conseguí hablar con el propietario, aunque sin verlo, pues estaba por la parte de abajo, la más cercana al río.

      Resulta gracioso, pues a gritos le comuniqué mis intenciones de fotografiar la ermita, y el buen hombre también a gritos me contestó que no había mucho que ver, pero que si no me importaba que volviera otra tarde, que en ese momento no podía satisfacer mis aficiones blogueras.

      Y eso hice, volví otra tarde, y dos tardes más por lo menos, pero nada, esta vez mis gritos se quedaron sin respuesta.

     ¿Entonces? ¿Cómo se puede visitar el lugar? Pues por desgracia creo que no hay más alternativa que la ya mostrada; acercarse al lugar y gritar si hay alguien.

      O… o recurrir al plan B, pero esto entre ustedes y yo…. Para llevarlo a cabo les será necesaria una cámara como la mía, que tenga en el menú una opción “salta verjas con disimulo” y que sea capaz de hacer fotos en modo “furtivo, apresurado y educado”. Total, que la cosa es complicada, pero allá cada cual.

     Como pueden ver, y como ya dije, nuestra ermita es un edificio humilde, simple y de reducidas dimensiones. Sin embargo, algunos detalles arquitectónicos nos cuentan que nos hallamos ante una construcción como mínimo del s.XIX: sillares tallados en las esquinas, contrafuertes, ladrillos bastos y planos,etc.

      La fachada principal nos aporta algo más: un sencillo arco de medio punto con adornos florales, y arriba de este la espadaña, donde en su día sonaría la campana. Al interior no entré pero ya pueden adivinar en qué estado se encuentra.

         Acabo con los pocos datos o referencias que he logrado reunir sobre este misterioso edificio.

       Angel Sáez, en el artículo “Molinos hidráulicos en el río de la Miel” (Revista Almoraima, nº 26, 2001) nos señala que la ermita se encuentra en la misma parcela donde en su día funcionó el Molino de San José, y más tarde una pequeña central hidroeléctrica, la Sociedad Eléctrica San José, popularmente conocida como la “Fábrica de luz“. Esta denominación es genial, me encanta. Por cierto, tengo también fotos de las conducciones que llevaban el agua a esta central, que corren paralelas al río. A ver si me animo y me curro la entrada en el blog; eso sí, cuando decida poner la cámara otra vez en modo furtivo, a la que no me gusta recurrir, la verdad sea dicha.

     También la nombra mínimamente Manuel Pérez-Petinto y Costa (1871-1953) en su obra sobre la historia de Algeciras, y en ella, cuando aborda nuestra ermita, nos indica que “la falta de antecedentes en el archivo municipal nos inclina a creer que no llegó a celebrarse culto en ella…

       No lo cree así  Antonio Molina Medina, autor del libro “Un hombre del Cobre de Al- Yazirat Al-Hadra“. Segun Diego Rodríguez Morales, me imagino que vecino del Cobre e informante del escritor, la ermita de Murillo tuvo más vida que la reseñada hasta ahora.

         Transcribo literalmente lo que nos cuenta al respecto, pues esta obra puede ser consultada libremente en su blog: Chorrosquina de Antonio Molina.

      “….Yo conocí esta ermita cuando estaba entera, era muy bonita, con su campana funcionando. Me acuerdo que cuando se cerró la ermita por ruinas, esta campana se la regaló ‘la Sevillana’ al cura de los pastores, para que la pusiera en la nueva Iglesia de Los Pastores, —me apunta Diego con una carga de melancolía—. Pero no está puesta en dicha iglesia. ¿Y sabes por qué? Porque la robaron para partirla a pedazos y fundirla y así la pudieron vender como chatarra…

 —Diego continúa con su amena charla —. En la Ermita de El Cobre se dijo misa y en ella las niñas y niños hacían la primera comunión, los de la escuela de El Cobre. Me acuerdo que en una ceremonia que estuve yo, ‘la Sevillana’ trajo para los niños que hacían la comunión una canasta de plátanos, libras de chocolate, pan y bollos; los niños comían todo lo que querían, no había límites.
        En esta Ermita se llegó a bautizar a 100 niños y niñas y se casaron muchas parejas de novios. Las partidas de casamiento están en la Iglesia de El Carmen. Esto sería —me dice— en los años 37, 38 y 39, tanto de bautizos como de bodas. Fue en la época anterior de que El Carmen fuera parroquia. Los casamientos, bautizos y demás están en la Iglesia de La Palma; no obstante, faltarán algunos, porque se quemaron parte de los libros de registros en la guerra civil….”

¡Chistera, chistera, la dCaminata está fuera!

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Los molinos harineros de Facinas


“De qué le sirve a Facinas

el tener tantos molinos,

       si en el verano no hay agua

           y en el invierno no hay trigo”.

     Esta graciosa coplilla popular, recogida por  Juan Quero González en su libro “Historia de Facinas y campiña de Tarifa“, me viene como anillo al dedo para introducir esta entrada acerca de los antiguos molinos hidráulicos que en su día funcionaron en Facinas.

     Como buena parte de la tradición oral, el chascarrillo en cuestión tiene su componente crítico e irónico, además del poético; pero entre verso y verso no es difícil distinguir también un cierto asombro, y hasta admiración diría yo, por ese proceso industrializador que vivió Facinas en su pasado, y la identificó como tierra de molinos, y sobre todo, buen pan.

     El mismo topónimo de Facinas parece indicar este pasado agrícola y cerealístico. Algunos estudiosos de la historia facinense le otorgan al topónimo un origen latino, de cuando estas tierras estaban acotadas temporalmente por el periodo hispanorromano, o a lo sumo visigótico. De esta forma Facinas derivaría de Fascinas, lo que en latín viene a significar: Montones o haces de trigo.

             Fueron seis los molinos que elaboraron harina en Facinas, a los que hay que sumar el trabajo previo en los campos y las eras, más las correspondientes tahonas (panaderías) y hornos para la materialización del pan nuestro de cada día. Todo ello significó sin duda un revulsivo, la levadura social que aumentaría su fama y posibilitaría su crecimiento. Desconozco si otros pueblos, y tengamos en cuenta que Facinas es una pedanía de Tarifa, contaron con un número similar de molinos.

        Pero ¿qué tiempo manejamos? ¿Cuándo se construyeron los molinos? Las fuentes que he consultado nos remiten a finales del s. XVIII, principios del XIX. Aunque el mismo Juan Quero, escuchando de nuevo a la voz popular, nos cuenta en su libro que quizás los primeros constructores de molinos en Facinas fueran unos monjes de la orden capuchina, que vendrían al rebufo de la conquista castellana y se quedaron prendados de estas fértiles laderas y llanos. También construirían un pequeño convento, donde andando los siglos se levantaría la iglesia de la Divina Pastora. Cierto que no hay documentación que verifique esta hipótesis, pero también es cierto que son muy entretenidos de leer los renglones invisibles que escriben la tradición junto a la leyenda.

     Saltemos de nuevo a la centuria decimonónica, la más que probable fecha de apogeo de nuestros molinos. En la web http://www.facinas.org/  , que recomiendo a todo aquel que quiera conocer Facinas, encontramos un apartado muy interesante: el padrón de habitantes de 1875. En este se detallan los nombres de los censados, la fecha de nacimiento, la edad, procedencia y profesión. Este último dato es el que más nos interesa.

           Siete fueron los vecinos que tuvieron como oficio el de molinero, y llama la atención que tres fueron mujeres. Todos nacieron en la primera mitad del siglo XIX, siendo el de mayor edad un tal Pedro López Gallego, nacido el 7 de enero de 1805, procedente de Benaoján. Al parecer, de los pueblos de la serranía malagueña provenían los molineros con mayor experiencia y pericia, así como las mejores piedras soleras.

        En la fotografía aérea de arriba se puede ver la ubicación de los molinos y su recorrido, que apenas alcanza el kilómetro del primero al sexto.

      Ahora es cuando podemos analizar la coplilla inicial, ese verso que decía que “en el verano no hay agua”.La misma estructura y factura de estos molinos nos vale como respuesta. Estaban dispuestos de dos en dos, y una alberca o balsa precedía a cada pareja, con la finalidad de aprovechar cada gota de agua. La tipología de estas construcciones es la conocida como molino de cubo o vaso. También eran llamados molinos maquileros, término que designa la forma de pago al molinero, que consistía en la entrega de una parte de la harina molida. Esta era la maquila.

           Hay que tener en cuenta que la época estival es normalmente sinónimo de sequía por estos pagos y que el caudal que alimentaba estos molinos no provenía de ningún arroyo. El agua necesaria se obtenía encauzando todos los manantiales y regajos posibles que brotaban por esa parte de la sierra de Saladaviciosa, y conduciéndola por una atarjea o acequia a la primera de las albercas, ubicada probablemente detrás la iglesia. Aún pueden adivinarse restos de esta canalización, cual si se tratara de una vieja cicatriz apenas ya visible.

        Esta alberca, y las otras dos, perseguía dos fines: “guardar” todo el agua posible en previsión de los días secos y, dado este caudal estacional y pobre, obtener la presión y fuerza necesarias para a continuación mover la maquinaria del molino. Una vez que los dos primeros usaban este agua la conducían a la siguiente balsa y correspondiente pareja de molinos, y ya por último a la tercera.

          El caudal sobrante se utilizaba para regar los huertos de la zona llana de Facinas, conocida como Vico. Luego se derivaba al arroyo del Tejar, que viene a morir en el río Almodóvar.

Así funcionaban los molinos de cubo

Molinos 1 y 2

       Antes de nada aclarar que en ninguna fuente consultada he visto que estos molinos tuvieran un nombre propio. Al parecer se referían a ellos por su número, aunque seguramente fueran conocidos en la población por los apellidos de las familias que los poseían.

       El primer molino, el del “Arco”, quizás sea el más conocido, pues por debajo de su cao cruza la calle Tarifa, vía por la que se accede a Facinas por arriba, y por consiguiente de las más transitadas por coches y peatones.

     El cubo, que es esa especie como de torre seccionada, se encuentra en buen estado, no así el resto de las dependencias. Supongo que la parcela donde se encuentra pertenece a un particular, y lo cierto es que se haya un poco abandonada. Y eso que el callejón que la delimita por uno de sus lados es a mi parecer de los más auténticos y bonitos de Facinas.

       El segundo molino se encuentra apenas treinta metros más abajo. Lamento no poder mostrar fotografías de mejor calidad, pero es que la espesura de la vegetación no me permitía tomar una perspectiva adecuada. Mea culpa, siempre me olvido de meter en la mochila una mini desbrozadora, o que menos que un machete.

      Y esta es la fachada principal del segundo molino. El cuarto de la molienda estaba en la primera planta. Obsérvese la hornacina situada bajo el balcón. Más adelante hablaré de ellas.

Molinos 3 y 4

        Según me informó otro vecino, la acequia que guiaba el agua de los molinos 1 y 2 a los siguientes, pasaría por donde hoy día se encuentra el mercado de abastos y atravesaría las calles de la Constitución y Antonio Ordóñez, hasta alcanzar esta alberca que vemos abajo, donde se volvía a remansar y almacenar el agua.

     Este es el tercer molino: el cao, y a continuación el cubo, donde se aprecia la apertura por la que entraba el agua. Como se puede apreciar tampoco ha llegado a nosotros digamos que en muy buenas condiciones. Qué cierto eso de que agua pasada no mueve molino.

         Sin embargo,no hace muchos años sí que hubo un plan para intentar potenciar este patrimonio y este sector de Facinas. Me comentaron que se quiso crear una especie de camping rural, aterrazando el lugar y adecentando los molinos. Se supone que este proyecto no llegó a ver  la luz, paradójicamente, por las torres de alta tensión que atraviesan estas laderas.

     A continuación podemos ver uno de los elementos más curiosos y característicos de estas fábricas de harina: las hornacinas. Menos en el primero, pude comprobar que todos los molinos contaban con una, aunque también sospecho que la tuviera éste y desapareciera con el tiempo.

       La función  ornamental es indudable, pero estaría supeditada seguro a un fin protector y propiciatorio de una buena molienda. En el interior de estas hornacinas los molineros colocarían sin duda una imagen religiosa, pero ¿cuál?

      ¿Podría ser la Divina Pastora, la patrona de Facinas? En la fotografía de abajo muestro la hornacina de la fachada de la iglesia. Aunque este tipo de elementos ornamentales suelen ser corrientes en estas construcciones, qué quieren que les diga, y eso que por suerte o por desgracia uno no es nada religioso; lo mismo que los molinos se comunicaban unos con otros a partir de la primera alberca, yo veo (y comprendo) una conexión espiritual entre esta hornacina de la iglesia y las restantes de los molinos.

Hornacina de la iglesia

     Y el cuarto molino, con su arco derruido. Al fondo se aprecian los campos que les  daban de comer, donde en la actualidad prosperan los descendientes de estos ancestros de piedra y agua: los aerogeneradores, los molinos de viento.

         Pasemos a los últimos molinos con otro refrán, con la esperanza de que no se hubiera cumplido entre los molineros de Facinas: “Cada uno quiere llevar el agua a su molino, y dejar en seco el del vecino”.

Molinos 5 y 6

       Los molinos 5 y 6 fueron los que más me convencieron, a los que más tiempo dediqué, y en consecuencia, los que más me hicieron sudar. Finales de agosto; había más humedad en mi espalda que en toda esa seca ladera.

        Su mejor estado de conservación quizás se deba a que están más apartado de la población o a que tal vez fueran los últimos en producir harina. La verdad es que tuve mucha suerte por acceder a ellos, pues son propiedades privadas. Y más suerte aún porque el vecino que me dejó entrar y fotografiar libremente, ya mayor el hombre, es el nieto del que fuera el último dueño de del molino número 5, y no sé si también me dijo que del 6.

       Le agradezco de nuevo el detalle y la santa paciencia de responder a mi interrogatorio. En estos casos, como es lógico, presento mis credenciales, y así pues le dije que era marido de tal, nuero de tal, que paro en la calle Feria… en fin, hay que ponerse en el papel del hombre; no va a abrirle la cancela a cualquiera con pinta de hippie que aparezca por ahí interesado en los viejos molinos, por mucha Nikon que lleve en lo alto.

      La de abajo es la tercera y última alberca, de forma yo diría que romboidal. En el lado izquierdo aún se puede apreciar la tierra amontonada, fruto de años de cuidado y limpieza de los sedimentos que arrastraba el agua.

    El cubo de este molino muestra un aspecto más achaparrado, con dos escalonamientos más que los otros.

       El cao o acequía se ha conservado bastante bien. Justo donde está la chumbera hay una compuerta por donde se podía extraer agua para regar los huertos aledaños. Resulta también curiosa la terminación del enfoscado, con conchas marinas.

        El cubo debía medir sus buenos ocho metros de altura. Abajo, en el interior de la casa del molino vi la estructura metálica de antiguas ruedas de carruaje. Por ese boquete es por donde caía el agua, cada vez más “estrechada” para conseguir una mayor presión, que moviera luego el rodezno y otras piezas giratorias del artilugio.

       A continuación, otra historia que hizo mover el molino de mi curiosidad durante el resto de ese día: unos extraños símbolos o grafitis. Uno de ellos está claro que es un símbolo cristiano, una cruz grabada en una especie de garabato de cubo, digo yo.  Y en el otro yo veo la figura de una persona como bajo un palio. Este último grafiti, lo trasladamos a un abrigo-cueva de la sierra y pasa totalmente por una pintura rupestre de hace 6 mil años.

      Supongo que al igual que las hornacinas, tuvieron también una intención protectora.

      Vamos pués con el último molino, el 6. No esperaba encontrar gran cosa, por lo que me dijo el vecino del molino de arriba, pero no fue así. Es imposible no hallar cosas interesantes en cualquier edifico antiguo.

     Por ejemplo este escudo heráldico, que aún me deja pillado cada vez que lo miro. ¿Qué pinta un escudo de este tipo en un molino harinero? Al final de la sesión fotográfica regresé al quinto molino a ver si andaba por ahí mi buen informante. Que se quite internet y todos los archivos notariales de la provincia; me comentó que su abuelo había conseguido ese escudo de otra edificación más antigua que había por ese lugar, y lo había colocado en la fachada; que antes de ese molino existía otro más antiguo, que si un tal cura apellidado Bretón tenía tierras por ahí… en fin, todo envuelto en mucha duda y misterio, pero ya les digo que casi que no me hace falta saber más.

     Y para rematar esa mañana calurosa pero fructífera, restos oxidados de la maquinaría que movía las piedras, algo que no es muy usual encontrarse en estos viejos molinos. Yo al menos es la primera vez que me encuentro ante tantos restos. En algun lugar he leído, o quizá fuera otra enseñanza de mi informante, que uno de los molinos llegó a funcionar hasta mediados del siglo XX, y que por estas fechas ya había desistido de usar la fuerza del agua como fuente de energía, pasando a utilizar un motor de gasoil. Tal vez fuera este “número 6” este molino.

     Y varias piedras de molino, conocidas como francesas, de la marca “Type la Ferte”. Fueron introducidas en nuestra tierra en los años veinte del pasado siglo, y sustituyeron a las piedras de toda la vida, denominadas “piedras blancas”. Por lo visto daban más faena al molinero, pues debían de ser picadas casi a diario.

      Ya lo están viendo, artilugios oxidados, piedras gabachas que ya nunca más volverán a moler trigo, una chumbera donde antes corría agua…

      La tecnología se ha impuesto, pero es verano y seguimos sin agua; llegará el invierno y no habrá trigo para estos molinos… La letra de la coplilla se sigue cumpliendo en la actualidad. En el que caso de que se pudiera continuar, yo añadiría unos versos que aludieran a que estamos condenados todo el año a comprar barras de pan que mira por dónde, y nunca mejor dicho, son el pan nuestro de cada día, porque al día siguiente no valen ni para el gazpacho.
       Aquí se me acaba a mí el agua, queridos lectores, les agradezco la molienda de la… quiero decir la lectura de la entrada.

¡Chistera, chistera, la dcaminata molinera está fuera!

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Molino de San Francisco (Jimena de la Frontera), un lugar fantástico para caerse al agua


Molino de San Francisco

El molino de San Francisco es uno de los ocho molinos hidráulicos o maquileros que abastecían de harina a Jimena de la Frontera y alrededores hasta no hace mucho. El término “maquilero” proviene de una de las formas de pago con las que el dueño del trigo saldaba su deuda con el molinero: con dinero contante y sonante o con una cantidad determinada de trigo; este último tipo de transacción es la que se denominaba “maquila”.

De esos ocho molinos, cuatro estaban situados en el río Hozgarganta, dos en el Guadiaro, donde desemboca el anterior, y los dos restantes en sendos arroyo tributarios del hermoso río jimenato. El molino de San Francisco es uno de estos que ejecutaba su molienda en un arroyo tributario del Hozgarganta, en concreto en el arroyo del Cañuelo, que configura a su vez la Garganta de la Viña. El que mejor ha llegado a nuestros días es el molino el Rodete, ubicado en el margen derecho del Hozgarganta, que funcionó hasta el año 1964.

También, y aunque sin ninguna relación con la etnología, o tal vez sí, el molino de San Francisco ha sido testigo directo del  mayor carajazo acuático que he sufrido en una caminata. Una caída merecedora de ser detallada a continuación, pues si la curiosidad dicen que mató al gato, esta vez casi se lleva por delante a un pobre senderista.

Itinerario de la caminata pasada por agua

Río Hozgarganta

Mi intención ese domingo era explorar un poco la garganta de la Viña, por donde como ya he dicho discurre el arroyo del Cañuelo, además de reencontrarme de nuevo con el Hozgarganta, al que no regresaba desde hacía ya años. El término municipal de Jimena de la Frontera ofrece  muchas posibilidades a los que gusten del senderismo, tantas que podríamos tirarnos meses yendo todos los fines de semana a lugares distintos e interesantes.

Pues eso, y dejo de escribir ya como un guía turístico. Iba yo ese domingo más solo que la una, pero a gusto, para qué nos vamos a engañar; me encanta caminar sólo, pues es cuando más se asemeja uno a un animalillo libre y asilvestrado, pero que conste que intenté ir acompañado, pero nadie se apuntó. Además, este tipo de caminatas junto a un río son aconsejables de hacerlas si no ya en solitario sí al menos en silencio, para no perdernos los borboteos del agua y demás arpegios fluviales, que paradojicamente relajan de la misma forma que cuando miramos y oímos un fuego.

Río Hozgarganta

Y por si esto fuera poco, de trecho en trecho me paraba a observar cómo fluía el inacabable río de la Historia. En una de esas me transporté directamente a finales del siglo XVIII y vi, en la orilla opuesta, salir el humo de las chimeneas de la Real Fabrica de Artillería, mandada construir por Carlos III para fabricar las armas que nunca llegarían a reconquistar la plaza del Peñón de Gibraltar. El aire olía leña de chaparro, a azufre y a metal.

Como si se tratase de un molino harinero, la fuerza motriz que accionaba los fuelles que fundía el metal era también el agua; igualmente llevada a la factoría a través de un canal de 600 metros de longitud, y de 5 de profundidad en algunos tramos. Esta “Fábrica de bombas“, denominación con la que se le conoce hoy día era alimentada con el hierro de un yacimiento que se encontró en San Pablo de Buceite. Pocos años estaría en funcionamiento, para disgusto del rey Borbón. La mina de hierro no aportaba el mineral suficiente, y encima, el caudal del Hozgarganta no era constante, y en ocasiones el agua no les “llegaba a su molino”. Cuando se convencieron de esto último, los arquitectos lumbreras se darían de cabezazos contra el canal.

Canal o Cao de la Real Fábrica de Artillería

Un poco más adelante, y antes de internarme en la Garganta de la Viña, me llamó la atención el retumbar de unos cascos de caballo también en la otra orilla. Me oculté en la maleza, por si acaso. Los jinetes vestían una especie de túnica corta y a intervalos destellaban lo que parecían ser los restos de armaduras. Uno de ellos portaba un casco coronado con una cimera roja. No podían ser otros que el ciudadano romano Cneo Pompeyo hijo y sus leales escoltas celtíberos, que huía derrotado de la batalla de Munda a manos de Julio cesar al término de la segunda guerra civil. Su destino no estaba muy lejos: Carteia, en la actual Bahía de Algeciras, donde intentaría retomar la lucha.

La cabalgada pronto quedó enmudecida por un tronar de gargantas y alaridos ladera arriba. La cosa se estaba animando. De repente es 1431 y las huestes de Pedro García de Herrera, Mariscal de Castilla de Juan II, toman por asalto y previa escalada la fortaleza y el castillo nazarí.

Torre de homenaje del castillo de Jimena

Para llevar sólo una hora de caminata no me podía quejar. Fijé la vista en el río de verdad y me dejé de batallitas. El trayecto por el arroyo del Cañuelo hasta el molino de San Francisco es realmente bonito: frondoso, húmedo, algo salvaje. Por algunos sitios la vereda se encuentra empedrada, lo que nos dice que en su tiempo fue un camino muy transitado, sobre todo por las mulas que transportaban el grano de trigo a la molienda. También sé, pues he visto fotografías, que por los alrededores hay caleras y pequeños lagares tallados en la roca, no por nada estamos en la Garganta de la Viña. La próxima vez que vaya intentaré localizarlos.

Encontrarse con uno de estos viejos edificios en medio de ningún sitio creo yo que hace flipar a cualquiera. Es como, una vez más me atrapa el dichoso río de la Historia, viajar en el tiempo. Los molinos tienen además esa belleza añadida de haber sido en su momento una cosa bastante útil: ciencia y tradición popular juntas de la mano.

En comparación con los molinos que conozco, este de San Francisco ha conservado francamente bien su estructura. Lo que más sorprende quizás en su altura, que puede que sobrepase los 15 metros. Como se puede observar, es un molino de doble cubo, sistema hidráulico por el que caía el agua alcanzando la fuerza y presión necesarias para mover la maquinaria en sí del molino: rodezno, palahierro y piedras de moler. Por lo que se ve, sus compañeros del Hozgarganta no se servían de estos cubos, sino que gracias a un caudal más potente se bastaban con el agua que les llegaba directamente del canal.

Cubos del Molino

Poza Junto al molino

Otra característica que no había visto antes en un molino es esta alberca o balsa. Aquí se represaba el agua, y al abrirse una compuerta, se dirigían a los cubos.

Balsa o alberca donde se represaba el agua

Y a continuación lo que más me gustó ver ese día; parte del rodezno del  molino. El rodezno era una pieza fundamental, pues mediante un sistema de cucharas o paletas movidas con esa presión hidráulica que mencioné antes, se transmitía la fuerza a un eje, el palahierro, que a su vez hacía girar la piedra corredera (la móvil) sobre la solera (la Fija) y triturando el grano alojado entre ambas.

En resumen, lo que me encontré ese domingo en el molino de San Francisco podría quedar genial en una sala de cualquier museo etnológico, pero habrá que esperar digo yo que mil años más, y esperar que nos “civilizen” de nuevo otro imperio romano ¿no?… mundo este…

Piedras del molino y parte del rodezno

Así funcionaba un molino

Rodezno y piedras

Marca de la piedra: “Type la Ferté”

Bóvedas o Alivios por donde el agua regresaba al río

Por estas bóvedas, alivios o alcobas regresaba el agua al arroyo. Echen una poca de imaginación ¿no se asemejan estas bóvedas como a una especie de ojos? ¿Podríamos imaginar que son los ojos del molino? Ya les digo yo que sí, y que fueron los que me vieron caerme con todo el equipo… sí, equipo fotográfico también. Pensándolo bien, yo creo que fue la forma que tuvo el molino de cobrarse la entrada a su museo particular, el joío.

El caso es que antes de pagar este peaje había continuado el sendero al menos un kilómetro más arriba. Me di la vuelta por aquello del riesgo calculado. Si ya es totalmente desaconsejable salir al campo solo, y encima por un sector nuevo, más lo es adentrarse o caminar más de lo necesario. Siempre digo que cuando no se conoce un sitio, lo suyo es descubrirlo poco a poco, por fases. Quién me iba a decir que el “accidente” me esperaba cuando ya de vuelta bajé a la planta baja del molino y su poza.

Lugar exacto del chapuzón

¿Cómo fue la caída? pues como todas, de la forma más tonta posible. Como indico en la foto de arriba, me encontraba en ese estrecho canal por donde la poza se desagua arroyo abajo, haciendo fotos a las bóvedas de alivio del molino, ya saben, los ojos, entre nosotros. Hago unas cuantas, de pie y en cuclillas, y me retiro para coger perspectiva, y cuando vuelvo al mismo exacto lugar, y piso la misma exacta piedra de antes, la dichosa piedra me hace girar cual rodezno humano, pierdo totalmente el control y el equilibrio y en medio segundo me veo literalmente tumbado de espaldas en el agua; preguntándome en ese breve intervalo de tiempo cómo puedo ser tan gilipollas de caerme de esa manera; viendo a cámara lenta cómo el agua que sale salpicada cae sobre mi apreciada cámara Nikon. Horror. La verdad es que el agua estaba fresquita, pero la verdad, casi ni la note…

Haciendo ahora un poco de tragicomedia 🙂 recuerdo que en ese segundo que duró la caída pasaron ante mis ojos, a una velocidad vertiginosa, todas las caminatas que he hice hasta ese momento. ¿Y qué fue lo siguiente? Pues levantarme igual de rápido que me caí, acordarme de toda la corte celestial, y también, lo confieso, acordarme fugazmente de Bear Grylls, ese de los documentales de “El último superviviente“.

¿Qué hubiera hecho el máquina de Bear Grylls en mi lugar? Probablemente nada, jajaja, hubiera seguido río abajo como si tal cosa, puesto que aparte que de que el chaval la mayor parte del tiempo va empapado, como que tiene un equipo fotográfico al que no le afecta en nada… el agua.

A mi cámara sí que le afecta, Bear, por eso lo primero que hice fue ponerme a secarla como un loco, rezando para que no le hubiera entrado agua en el interior, rogando a … ¿hay algún santo que ampare a los senderistas?… quien sea para que mi compañera de caminatas no se me ahogara ahí esa mañana de domingo.

Tuve suerte, no le entró agua. Ese diocesillo del bosque se apiadó de mí esa mañana. La fotografía de abajo fue la primera que tomé tras el chapuzón. Si se fijan, encima de la torre hay curiosamente una estrella navideña. Otro mensaje: me estrellé pero tuve afortunadamente un poco de estrella.

Castillo de Jimena. ¡¡¡ funcionaaaaaa!!!

Acabo esta entrada del blog, esta caminata tragicómica, con un poco de vergüenza y pudor, de verdad. Abajo tienen una poca edificante imagen de mi ropa puesta a secar, como hacían antiguamente las lavanderas. Menos mal que siempre llevo camisa de respuesto y ropa de agua. Por suerte me pude cambiar y mantenerme seco. Eso sí, me llevé un buen recuerdo sangrante en la mano derecha, un codo algo hinchado y un moratón en la espalda, pero nada, gajes del oficio. Y por supuesto que mereció la pena, tanto que mañana día 14 de enero regreso al mismo sitio, pero eso sí, esta vez acompañado.

Caminatas · P.N. Los Alcornocales

Garganta del Capitán


Portada: Arroyo de Botafuego en la Garganta del Capitán

¿Qué lugar elegirían para llevar de caminata a un grupo de personas, algunas de las cuales es la primera vez que te acompañan, que sea cercano, bonito e interesante? ¿Qué ruta elegirían que sea representativa del sector algecireño de los Alcornocales, de su paisaje y de su historia, y que sea medianamente “andable” para todo el mundo? En fin ¿qué ruta elegirían para que ese grupo de personas no te corra luego a gorrazos, te acompañen una segunda vez y sobre todo vuelva a sus casas satisfechas?

Pues en tal tesitura me he visto yo recientemente, y acabé decantándome por la Garganta del Capitán para la que ha sido la 1ª dCaminata Popular, la primera caminata en la que ejerzo diríamos que de guía. La verdad es que la elección del lugar no me supuso un quebradero de cabeza; pocos sitios como la zona de la Garganta del capitán resumen tan bien nuestro entorno más cercano y la interacción del hombre con éste. Y en cuanto  a eso de ejercer de guía, que pensándolo bien conlleva su responsabilidad, sólo diré que sarna (o zarza también podría ser) con gusto no pica, y que el más agradecido soy yo, pues es todo un privilegio compartir con los demás esta pasión andarina, enseñar lo poco que sé y encima que te escuchen.

Itinerario de la ruta

 Tal como se aprecia en el itinerario, la ruta es circular, de dificultad yo diría que mediana pues recorrimos sus buenos 8,4 km, y sólo señalizada en algunos tramos, lo cual no impide una fácil realización si antes estudiamos bien el terreno. ¿Cuánto tardamos? Algo más de 4 horas, pero ya digo, sin prisas, con sus paradas en cada una de las salas de este museo natural, y las correspondientes charlas en PowerPoint y 3D del supuesto guía.

La ruta la iniciamos en la primera pista de la CA- 9208 por el que se accede a la Garganta del capitán viniendo del Cobre. Paralela a dicha carretera discurre el sendero Puerta verde de Algeciras. Tal como indico en el pie de foto de abajo, es el camino de toda la vida para ir a la garganta; al menos el que yo siempre he hecho desde chico. Me recuerdo con 13 ó 14 años, junto a los amigos de la calle, en plan pequeños Indiana Jones por ese mismo camino y posiblemente sin permiso paterno. De las proximidades de Pajarete cogíamos las vías del tren y llegábamos hasta la Rejanosa, cruzábamos el monte y ya estábamos ahí… menudo peligro, pero qué bonitos recuerdos; ya que estamos en plan peliculero, como los niños de la película “Stand by me”.

Posiblemente emprendíamos, sin saberlo, una de las dos variantes con las que se iniciaba el camino de la Trocha, el que atraviesa la sierra por esta garganta y conecta con la comarca de la Janda.

A nuestra izquierda contemplaremos los montes de las Esclarecidas y las gargantas. Tal vez tengan suerte y pillen una de esas hermosas mañanas en que las nubes circulan tan bajas que parecen prenderse de las copas de los árboles.

Helos aquí a esos buenos senderistas, de izquierda a derecha: Toñi, Conchi, Carlos, Elena, Cristina, Daniel, Aldana, Julia, Guadalupe, Ana y David.

Amiguetes en el inicio de la 1ª dcaminata Popular

A 1.5 km del inicio de ruta y una vez cruzado el arroyo de la Fuente Santa hemos de abandonar la pista, la cual nos llevaría directamente a la garganta y la poza de la Chorrera, y descender la colina en busca del siguiente arroyo, el de Botafuegos, donde encontraremos el Molino de San José.

Hacia los molinos, por el camino de toda la vida

Y ahora que vamos andando … vamos a contar mentiras. Qué acierto y qué gran inversión han realizado las autoridades competentes al señalizar oficialmente esta ruta para el disfrute de los campogibraltareños y de todo aquel que nos visite. Es imposible extraviarse gracias a las estupendas balizas de madera. Y qué decir de esos paneles informativos en los que dan cuenta de la historia del lugar, del funcionamiento de los molinos, del origen de la Tumba del Capitán, de la singular flora del lugar, etc.

Sí, una pena que sea una burda broma. Quizás sea la mejor forma de afrontar algo a lo que no se le encuentra sentido, y que personalmente me mosquea. Estamos andando, aparte de por un lugar bellísimo, por medio de uno de los mejores capítulos de nuestra tradición. Estamos visitando, señores de la Junta o del Consistorio, me da igual, de enclaves históricos que se levantaron poco tiempo después que la Capilla de Europa o la Iglesia de la Palma. La Tumba del Capitán, por ejemplo, es de ¡1834! nada más y nada menos.  No se comprende que esta ruta, este lugar, no haya recibido el mismo trato que por ejemplo el Río de la Miel, que no haya sido señalizada e incorporada al catálogo oficial de rutas. Así nos va amigos, este es el trato que le damos a nuestra historia, la condenamos a que solita se vaya desmoronando y a que la devore las zarzas.

Llegando al Molino de San José
Molino de San José

 Bueno, ya me he tomado una pastillita contra el desencanto, y otra para favorecer la autogestión, pues humildemente quisiera contribuir con mis tijeras de podar para despejar y dar a conocer algo del pasado de este entorno. Y con la tijera de podar propiamente dicha también, pues la semana anterior, cuando hice el mismo recorrido para preparar la caminata, me entretuve en cortar un poco las zarzas que dificultan el peor tramo de la ruta y facilitar la travesía. Lo digo ahora que no me ve nadie, jejeje, que en su momento me dio vergüenza decirlo. Y vuelvo a insistir desde mi blog: señores autoridades competentes, me ofrezco como operario de mantenimiento de rutas y como guía local, vamos, algo así como un “ecovarilla“.

En la fotografía de abajo tienen un fiel ejemplo de lo que vengo hablando. Lo mismo que los hongos amarillean y se apoderan poco a poco de las fotografías antiguas, en este caso la hiedra, las zarzas y sobre todo el abandono se va adueñando del Molino de San José.

Este molino harinero es, pese a todo, el que mejor se conserva de los tres que en su día trabajaron en el curso medio del arroyo Botafuegos. Consta de dos dependencias: el molino propiamente dicho, de dos plantas; y una sala construida enteramente en ladrillo que serviría como almacén y quizás establo. Contemporáneo de los molinos del río de la Miel y del arroyo del Raudal, su construcción se remonta  al siglo XVIII, cuando los gibraltareños, tras ser expulsados del Peñón por los ingleses inician su particular diáspora, fundan las poblaciones de San Roque y los Barrios y refundan Algeciras. Estos molinos darían de comer a los nuevos pobladores, y es que ¡Había que ganarse el pan!

Interior del Molino de San José
Cao del molino
Compuertas en el cao

Si queremos hacernos una idea de cómo funcionaba un molino harinero, aquí tenemos el de San José.  Aún están a tiempo de observar su estructura y la mayor parte de sus componentes. En la parte de atrás del molino, siempre a una altura superior se encuentra el cao, la acequia que le robaba agua al arroyo y la conducía a los cubos. A través de estos cubos, contenedores cilíndricos de unos 7 u 8 m. de altura (¡Cuidado cuando estemos cerca de ellos!), el agua caía al cárcavo, adquiriendo fuerza y presión, y hacia mover el rodezno en la planta baja del molino, una especie de rueda con paletas que a su vez y mediante un eje transmitía el movimiento a las piedras o muelas que molían el grano, ya en la planta superior. Una vez hecha la molienda el agua regresaba al caudal a través del caz, un canal abovedado de evacuación.

Como anécdota histórica, contar que los molineros más afamados provenían de la sierra malagueña. Especialmente conocidos fueron la familia de los Escalona, que aún se “ganan el pan” en el molino del río de la Miel. Y las ruedas del molino, de Francia; en el par de ellas que aún se conservan en los alrededores puede comprobarse incluso la marca.

Cubos del Molino de an José
Uno de los cubos
Mirando por uno de los ojos del molino.

Continuando el sendero, a través de un conglomerado floral de zarzas, lianas, hiedras, acebuches, adelfas y alisos, entre otros, y a unos 400 m. nos aguarda el Molino de Enmedio. Es común esta denominación cuando son varios los molinos; en el arroyo del Raudal, en los Barrios, también ocurre lo mismo. Aunque quizás tuvieran otro nombre oficial, popularmente serían conocidos por su ubicación: sencillo y efectivo. Este se encuentra “en medio”, porque arroyo arriba se encuentra el Molino de las Cuevas, que no visitamos ese día, ya que está prácticamente por los suelos y fagocitado por la vegetación.

Este Molino de Enmedio también lucha por no verse devorado por la espesura. De dimensiones más reducidas, lo más atractivo de esta construcción es el gran arco que sostiene el cao. La frondosidad es tal que hasta cuesta adquirir perspectiva y distancia para realizar una fotografía en condiciones. No se extrañen si cuando se encuentren en ese lugar creen haber visto, entre la maleza, a Mowgli jugando con el oso Baloo y la pantera Bagheera, pues estaremos andando por nuestro particular “Libro de la Selva“.

LLegando al Molino de Enmedio
Eh, que yo también quiero salir…
Accediendo al Molino de Enmedio
Molino de Enmedio, observese el arco a la derecha

Ahí, junto al arroyo de Botafuegos, a escaso metros del molino, hicimos nuestra primera parada. El sitio es ideal para ello, y para contemplar la flora y las condiciones ambientales del canuto.

Un refrigerio en el arroyo de Botafuego

 Justo después de abandonar el emplazamiento del molino, al principio de donde se abre un nuevo claro, debemos estar atentos a un mojón de piedra que nos indicará la dirección a seguir: a la izquierda y monte arriba.

A menos de 100  m. y también a la izquierda, buscaremos una veredilla que se interna a través del matorral. Sí, por ahí, no teman, pues aunque no lo crean, por esa veredilla, por ese pasillo del museo natural que estamos visitando se accede a otra sala histórica: a la Tumba del Capitán.

Tumba del Capitán… Fiiiiirrrrmes.
Cruz con inscripción de la Tumba del Capitán

Cuádrense, saluden al Capitán y pregúntense qué hace una cruz como esta en un lugar como este. En primer lugar leamos el texto del epitafio grabado a cincel en la roca: “Aquí yace Gabriel Moreno que fallesio en 13 de junio de 1834 a los 77 años de edad R.P.E.

Tumba del Capitán

¿Quién fue el tal Gabriel Moreno? ¿Por qué yace en tan recóndito y apartado lugar? Y ya de paso ¿por qué no se hace mención de su rango militar como “Capitán”?

Para tratar de desvelar el misterio tenemos dos opciones, que cada cual se quede con la que le plazca. La primera, creer a la siempre sugerente voz de las leyendas populares, o acatar lo que propone la tal vez fría y demasiado realista Historia.

La voz del pueblo nos cuenta que ese Gabriel Moreno poseía otro apellido; el de Pantisco. Así pues, este Gabriel Moreno Pantisco sería un soldado, en grado de capitán, que luchó en Dinamarca en una de esas guerras a las que eran muy aficionados nuestros anteriores monarcas. Una vez de vuelta en España lo seguiría haciendo esta vez contra el invasor francés, contra Napoleón en la conocida Guerra de la Independencia. Y se ve que en un momento a lo largo de su vida se le cruzaron los cables y los galones, y cansado de luchar a favor de los Borbones, se dispuso a luchar contra ellos, en concreto contra Fernando VII. Razones y motivos le sobraba. Formó pues un grupo de guerrilleros y se echó a nuestros montes cual intrépido bandolero. No tendría mucha suerte porque al poco tiempo murió a manos de las Migueletes, la futura Benemérita, en un estrecho y encajonado valle que todos conocemos, gracias a Gabriel Moreno Pantisco, como la Garganta del Capitán. La cruz, si continuamos pasando las enigmáticas hojas  de la leyenda, se esculpiría para calmar al espíritu de nuestro Capitán, que al parecer gustaba de frecuentar la piedra donde fue esculpida y los alrededores.

¿Y qué nos tiene que contar la Historia? Pues algo mucho menos romántico y novelesco. La tumba que vemos hoy día junto al arroyo de Botafuegos pertenecería a Gabriel Moreno, un ilustre y pudiente algecireño, nacido en 1760, y posiblemente propietario en esos años del Molino de San José. Quiso el infortunio que a nuestro Gabriel Moreno le pillara por esos campos una epidemia de cólera. Moriría a causa de esta terrible enfermedad y sería enterrado allí mismo pare evitar más contagios.

¿Con cuál teoría se quedan? Como buen aficionado a la literatura y al misterio me tira, claro, la primera; pero también como buen aficionado a la Historia me inclino por la segunda, por la que nos aconsejan los historiadores que han investigado en los archivos municipales. Además, la edad de defunción del tal Gabriel, a los 77 años, no me cuadra mucho en un bandolero, con mucho que se cuidase.

De todos modos, tengan razón o no los historiadores, yo no puedo evitar fantasear cada vez que camino por esta garganta que por los montes de alrededor luchaba un “capitán”, un bandolero contra la injusticia y el poder.

Despidiéndonos del Capitán

Regresando a la vereda por la que subimos la ladera, torceremos a la derecha en la siguiente que nos encontramos. Poco después, esta vereda nos obligará a cruzar el tramo, apenas unos 20 m., más propenso a estar embarrado. Yo estaba ahí preparado con mi Nikon a ver si alguien “metía la pata” en el barrizal, pero, me cachis, nadie.

Esa misma vereda nos conducirá a la Garganta, entre helechos y todo tipo de plantas que se afanan en arañarnos, pero se puede pasar con cierta comodidad. A unos 300 m. gira a la izquierda y nos hace encarar el tramo con mayor pendiente. En este punto enlazaremos con el camino que une la poza con el Llano de las Tumbas. Y hacia la poza vamos, a la derecha.

Tramo embarrado
En fila india
Garganta del Capitán
Tramo con mayor pendiente

La poza de la Chorrera es quizás el hito más conocido de la caminata, muy visitado por senderistas y excursionistas ocasionales. No es para menos ya que el lugar lo merece. La humedad, el colorido, el fragor del agua se unen al espectáculo del salto, de la pequeña catarata, y nos sumerge en una época antediluviana, tropical y dinosáurica.

Lástima que ese día no ocurriera nada de eso. Estaba la poza seca, irreconocible, y el salto de agua… sin agua. Por Tutatis y los dioses del bosque ¿dónde estaba ese agua? De las veces que he visitado la poza nunca la había visto así. Con poca agua sí, pero con ¿ninguna? o casi ninguna, no. Me temo que esta lamentable irregularidad no se debe sólo al atípico otoño que estamos viviendo; me temo más bien que se debe a las excesivas captaciones de agua por parte de la empresa del agua, que le está robando el  caudal. Es cierto que el arroyo de Botafuegos, como los demás de nuestra sierra, tiene un caudal estacional, pero es que al final entre unos y otros lo vamos a dejar en uniestacional, de verano, sin agua.

Eso sí, conseguí hacer fotografías con una perspectiva totalmente diferente, desde debajo del ausente salto de agua.

Poza de la Chorrera
Poza de la Chorrera, sin caudal la pobre mía

Para que nadie se quede con las ganas, ahí va una fotografía de la poza en todo su esplendor.

Así sí está bonita

 Retomando el camino, y una vez dado cuenta del bocata, nos dirigimos al LLano de las Tumbas. Este llano en realidad es una terraza aluvial, “fabricada” por el mismo arroyo a base de sedimentos cuando hace miles y miles de años la orilla pasaba a esa altura, muy por arriba del actual curso. Hoy día, aparte de solaz para excursionistas, es un patio de corchas, llano donde se apilan las panas de corcho extraídas de un sector del monte.

Saliendo de la Garganta
Entre alcornoques y hojarasca
Llano de las tumbas

El llano se conoce así por las varias tumbas antropomorfas allí excavadas en la roca. Las de abajo son las más conocidas y accesibles, pero hay más, semienterradas por la hojarasca y la tierra.

Tumbas antropomorfas

 Al final de dicho llano empieza a ensancharse el carril principal que viene desde la misma carretera comarcal, pero como vamos al encuentro del Ventorrillo de la Trocha, cogemos un atajo, un senderillo muy curioso que se abre a la derecha poco antes que se termine la explanada.

Vereda entre el LLano de las Tumbas y el ventorrillo de la Trocha
Ventorrillo de la Trocha
Una en grupo antes de bajar al arroyo de la Fuente Santa

 El Ventorrillo de la Trocha, en la actualidad un rancho de cabras y cerdos, servía vino, café y poco más a los caminantes que frecuentaban el camino de la Trocha hasta finales del s. XIX. Poco después pasamos por uno de los tramos empedrados mejor conservados. Quién esté interesado en saber más de esta ruta, que viste este enlace: La Trocha, nuestro camino.

Camino de la Trocha
Camino de la Trocha

Una vez pasada la garganta y el arroyo de la Fuente Santa, otro sitio espectacular que ya traeré al blog, subimos al Huerto de los Mellizos. Con este nombre se conoce a un enclave también muy conocido por los senderistas. De la misma época supongo que los molinos harineros, sería uno de los ranchos más prósperos de la zona. Hasta hoy nos ha llegado un síntoma de esa prosperidad. En este llano, muy similar al de las tumbas, hay naranjos de los que podemos obtener una buena dosis de vitamina C. Yo al menos lo hago cada vez que paso por allí.

Qué buenos senderistas… al final no se pringó nadie…
Huerto de los Mellizos
Cogiendo naranjas

Desde el mismo Huerto de lo Mellizos, y de la siguiente explanada del Cortijo de Matapuercos se divisa el carril por el que subimos e iniciamos la caminata. Sólo nos restaba llegar a los coches, y cómo no, celebrar la caminata con una buena cerveza en la Venta del Cobre.

Bajando del Cortijo de Matapuercos
Como manda la tradición: Saaaaaaalud y dcaminata

¡A nuestra salud y por supuesto… a la del CAPITÁN!

¡CHISTERA CHISTERA LA CAMINATA ESTÁ FUERA!